Esa «dama» habladora

Autores:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández
Cristina Escobar Domínguez

Cuando cerca de las nueve de la noche de aquel 22 de agosto de 1922, el músico e inventor camagüeyano Luis Casas Romero se dispuso a colocar en el éter una señal que reprodujo el tic-tac de un reloj y permitió escuchar el tradicional cañonazo de La Cabaña, pocos cubanos pudieron imaginar que se asistía a un gran nacimiento.

Desde 1920, el propio Casas Romero, junto a su hijo, Luis Casas Rodríguez, ya había instalado en la ciudad de La Habana la planta de radioaficionados Q2LC, de cinco watts. Poco después, el joven Casas Rodríguez construyó otra pequeña emisora de diez watts, que con el permiso de la Secretaría de Comunicaciones logró salir al aire con las siglas 2LC.

Fue justamente esta señal la que se convirtió aquella noche de agosto en la iniciadora de una programación radial que daba a conocer de forma regular el parte del Observatorio Nacional del Tiempo, considerado hoy el primer noticiero radial de Cuba.

Pero por mucho que el eminente músico y su hijo hayan presumido de su creación en la segunda década del siglo XX, 88 años después se torna insuperable el largo camino desandado ya por la radio cubana, un sonido que ha marcado nuestra identidad, sin reparar en tiempos ni en distancias.

Es por eso que en estos días de cumpleaños bien vale recordarla en aquellas horas cruciales del período especial, cuando urgida ante las carencias del papel se hizo sustituta del diario y de la reflexión escrita, con el encargo de evitar, pese a lo efímero de sus mensajes, cualquier aspereza informativa.

¡Qué regocijo cuando sabemos que alguna vez nos ha servido de fiel compañía! Siempre ubicua, musical, inmediata. Y es que esa «dama» habladora, como una vez le escuché decir a alguien, lo mismo anuncia sobre tiempos de ciclón que de fiestas populares, lo mismo se abre paso en la agitada rutina de una ciudad que en las tardes apacibles de una zona rural.

Pienso ahora mismo en el anciano Lorenzo, allá en el recóndito caserío villaclareño de El Purial, quien cada mediodía disfruta del cantar de sus poetas acompañado de ese aparato mágico que cuida como al mejor amigo.

Pienso en mi abuela, que como la radio, a sus 80 años todavía se escalofría con las novelas románticas de la mañana. Y sufre cuando oye que el joven rompe las ilusiones de la niña enamorada, o se alegra cuando descubren al villano de la familia, mientras ella, bien pegada al viejo VEF, aprovecha cada minuto descascarando las especias de la comida.

Me acuerdo también de Luisito, ese niño vecino que al caer la noche aguza los oídos ante los misterios de los duendes, para que las canciones y los cuentos, luego de un día de juegos, acaben rindiéndole de cansancio y sueño. ¡Cómo olvidar a Ramón, el custodio de mi antigua escuela, quien compensa la soledad de las madrugadas junto a ella!

Casi nueve décadas lleva ya en el aire, y aún la radio no envejece; más bien se transforma, se equipa de modernas técnicas para andar a deshora dondequiera. Y así, entre canciones, noticias, historias y muchas otras sorpresas, seguir haciéndonos más sonora la vida.

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