Mi compañera de viaje

Autor:

Mabel Pérez Quintana

Compartimos el asiento del ómnibus que nos devuelve a casa tras cumplir la jornada laboral. El halago a su peinado fueron mis primeras palabras al acercarse. «Esa es mi mayor distracción. El trabajo me trae un poco estresada en estos días y, para relajarme, improviso ante el espejo». A las cinco y cuarenta y cinco de la tarde lucía resplandeciente, a pesar de las horas que nos separaban del habitual arreglo matutino.

Ya le había respondido sobre mi salud cuando la guagua enrumbó por la avenida Paseo. A partir de ese momento limité el rol conversacional a escuchar y asentir con la cabeza. ¿Cómo no abstraerse ante el verbo de una mujer —madre, ingeniera, esposa, amiga, compañera, artesana del hogar— cuando comparte sus vivencias?

Narraba los artificios realizados para alertar al colectivo de compañeros sobre la propagación de un nuevo virus informático «que no ve el antivirus Kaspersky y hay que eliminar con el NOD32», cuando la distrajo la oferta de productos en el agromercado de Cuatro Caminos. «¡Hay malanga! Con la falta que me hace. Ojalá pudiera hacer una parada para comprar plátano burro».

Los barcos anclados en el puerto de La Habana le recordaron a su hija. Como si cualquier pasaje (o paisaje) no le devolviera la imagen de su «niña que está cumpliendo misión en Venezuela». Me comentó que la red social Facebook le permite, Internet por medio, continuar actualizando a la joven sobre los acontecimientos de la Isla. La responsabilidad de ser madre no conoce fronteras geográficas ni temporales.

Y fue en este punto del «diálogo» donde la lógica de pensamiento enlazó el deber de madre con el compromiso social, el amor filial con la solidaridad revolucionaria. «La adolescencia es una edad muy difícil», sentenció para encauzar el tema que la embargaba.

«Tengo una vecina que va por mal camino. Hace solo un año llevaba uniforme amarillo y ahora está en la calle: no quiere estudiar. La madre dice que no puede ocuparse de ella». Cuando salimos del túnel que atraviesa la bahía, volteó el rostro al horizonte para ocultar la mirada húmeda; pero enseguida se compuso y respondió a sí misma: «Por la Federación me encargaron atenderla. Ya fui a su casa y hablamos. Estoy buscando trabajo para animarla a que empiece. Esa niña no será la primera ni la última adolescente que yo integre a la sociedad».

Luego de un silencio, abandonó el asiento y se dirigió a la puerta de salida: se aproximaba la parada de la Villa Panamericana. Iría a la bodega antes de llegar a su casa, donde esperaban el fogón, la ropa por planchar… la rutina de toda mujer cubana: madre, obrera, esposa, amiga, compañera, artesana del hogar y federada.

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