Tomates para Melilla

Autor:

Luis Luque Álvarez

Unos llegan a la frontera con sus camiones de verduras, frutas y pescado. Otros acarrean cemento. Los más humildes se apiñan para tratar de pasar al otro lado, a través de un corredor estrechísimo, en busca de bultos de ropa reciclada que se venderán después en Marruecos. Por cada paquete les pagan tres euros, describe el diario español El País.

Es lo que ocurre cotidianamente en los límites entre el país árabe y la ciudad autónoma española de Melilla, en plena África del Norte, a la vera del Mediterráneo. Pero en las últimas semanas, esa normalidad fue sacudida por protestas marroquíes, y hasta por un bloqueo a los envíos de alimentos y otros materiales a la urbe. Cinco notas diplomáticas desde Rabat tensaron aun más la situación.

Según los reportes, ciudadanos marroquíes denunciaron supuestos maltratos de los agentes del orden españoles a los árabes que entran y salen de la ciudad para trabajar o comerciar —35 000, en una población de 70 000 melillenses. Por eso, decretaron el bloqueo, colgaron banderas marroquíes en la valla fronteriza y desplegaron fotos trucadas, con imágenes hirientes para las policías españolas.

Los agentes españoles, de su parte, protestaron por la actitud agresiva de algunos viandantes marroquíes, negados a que, por ejemplo, sea una mujer policía la que les chequee los documentos de entrada.

Ante la represalia del bloqueo, la negociación de Madrid con Rabat se condujo discretamente, pero allá fue de pronto —¡tadán!— el ex presidente del gobierno del Partido Popular, José María Aznar, quien aterrizó de repente en Melilla y acusó tanto a los que atacan —los marroquíes— como a quienes, según él, dejan a Melilla «a su suerte» —el gabinete del socialista José Luis Rodríguez Zapatero—. ¡La viga en el ojo propio!, pues el derechista amigo de Bush jamás se pintó por allí en ocho años de gobierno.

No me explayo en el drama aznarino, escenificado para no perder ocasión de machacar al Gobierno, ocupado en sortear la aguda crisis económica. Solo apunto que la situación se ha calmado, y desde La Moncloa (sede del ejecutivo) han dicho que los nexos con Marruecos son «cordiales y sólidos». Los del bloqueo retiraron su propaganda y permitieron que los alimentos fluyeran hacia la ciudad «en consideración de los musulmanes» que viven allí y que consumen abundantes verduras y frutas, principalmente en el mes sagrado del Ramadán, que transcurre.

Pero, ¿es solo de tomates y lechugas el tema? No. Para Rabat, tanto Melilla como Ceuta —la otra ciudad autónoma española norteafricana—, constituyen las «últimas colonias en ese continente», y deben ser integradas en… ¡Marruecos! Así, de vez en vez provocan algún problemita para marcarle su insatisfacción a España, y lo dejan «al descuido», como que los de la frontera hicieron ruido «por su cuenta».

¡Claro! Como también «por su cuenta» marcharon miles de civiles marroquíes hacia el Sahara Occidental en 1975, cuando el dictador Francisco Franco agonizaba, con el propósito de anexarle la aún posesión española al reino alauita. Hasta hoy, el ocupante sigue siéndolo, de modo que el calificativo de «última colonia en África» tiene, en justicia, otro destinatario.

En cuanto a España, ni Melilla ni Ceuta serán jamás objeto de negociación. ¿Motivo? Que hay presencia hispana en ellas desde el siglo XV, antes de crearse el Estado marroquí, de modo que existe continuidad histórica. Ese argumento, por cierto, le encanta al Reino Unido, que desde el siglo XVIII ocupa en suelo español la península de Gibraltar, cuyos habitantes están muy contentos de que esta sea, además de un paraíso fiscal donde se lava la suciedad de muchos dineros, un pedazo de Albión en el Mediterráneo.

Así que los tomates  seguirán pasando la frontera hacia Melilla. Pero no será esta la última ocasión en que algunos comensales, a uno y otro lado, se pongan rojos…

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.