La tierra en nuestra carne

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Sin importar qué tan urbana sea nuestra vida, nuestros cuerpos viven de la agricultura; nosotros venimos de la tierra y retornaremos a ella, y es así que existimos en la agricultura tanto como existimos en nuestra propia carne.

La frase es de Wendell Berry, reconocido literato norteamericano que decidió regresar al cultivo de la tierra de sus padres, y se ha convertido en un sabio de la agricultura sostenible, en defensor progresista de la virtud y la tradición, y en símbolo contra el tecnologicismo desenfrenado.

Su tesis podríamos acercarla a las exigencias actuales de Cuba. Nuestro país viene de la tierra y también retornamos a ella, y deberíamos existir en la agricultura tanto como existimos en nuestra propia carne.

Encontré la expresión mientras trato de entender la dicotomía entre una agricultura situada políticamente en los últimos años como asunto de seguridad nacional, y el decrecimiento del 7,5 por ciento experimentado por ese sector entre enero y junio de este año, comparado con igual etapa de 2009, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas.

Lo más preocupante es que mientras virarse para la tierra es una línea esencial del proceso de actualización o reactivación de la economía, en el presente año ese propósito ha recibido otras preocupantes señales.

La segunda que menciono —aunque fue la primera en conocerse— es la caída en la agroindustria azucarera, que en la pasada contienda disminuyó hasta convertirse en la más pobre de la historia desde 1905. Y una tercera —más reciente aún— es que de las 1 007 112 hectáreas de tierra entregadas en usufructo, solo el 46 por ciento produce.

Esta triada duele más cuando se conoce que la agricultura llegó a aportar en 1991 —aun con insuficiencias— el 83 por ciento de los fondos exportables de la nación, de los cuales el 77 por ciento correspondía a la agroindustria azucarera. En la actualidad, según especialistas, ese aporte alcanza únicamente entre el 15 y el 17 por ciento.

Nadie desconoce el impacto del llamado período especial en este sector. Tampoco el viraje ocurrido hacia una economía de servicios con sus inusitadas perspectivas. Pero esto lamentablemente se dio en paralelo con cierto grado de subestimación del sector agrícola, cuyas consecuencias purgamos ahora en lo táctico y lo estratégico.

Varios especialistas argumentan por qué la rama agropecuaria resulta decisiva para la economía cubana, tanto por su incidencia directa e indirecta en el producto interno bruto (PIB), como por los valores que genera la transportación y comercialización de productos agrícolas frescos o procesados.

Un revelador artículo del economista Armando Nova, del Centro de Estudios de la Economía Cubana, apunta que durante el 2008 alrededor del 20 por ciento del PIB del archipiélago dependió de la actividad agropecuaria.

Según este analista, la población económicamente activa que labora directamente en el sector es el 21 por ciento. Y añade que si consideramos que el núcleo familiar cubano se compone de cuatro personas como promedio, se puede afirmar que la economía familiar de cerca de cuatro millones de personas depende directamente del desempeño de la actividad agropecuaria.

A sus apreciaciones agrega que como sector demandante se encadena con diversas ramas de la economía del país e introduce además dinamismo por vía de la demanda. Asimismo —subraya— genera energía renovable y no contaminante y da lugar a importantes ventajas económicas, sociales y territoriales. Además, en el sistema agroindustrial cañero se obtienen múltiples derivados con alto valor agregado.

Este especialista, como otros a lo largo de estos años, advierte que en la medida que la agricultura no proporcione los resultados esperados, dicho encadenamiento puede motivar importantes erogaciones (efecto multiplicador no favorable), que la economía debe asumir, para poder suplir las deficiencias de este sector.

A su parecer, esto es lo que se viene manifestando en los años más recientes, y motiva grandes importaciones de alimentos —hoy estas son superiores a los 1 500 millones de dólares—, una parte significativa de los cuales puede ser producida internamente en condiciones competitivas. Como es conocido, todo ello desemboca en una economía más vulnerable y dependiente de las importaciones.

Es como si las tres señales anotadas fueran nuevas campanadas de emergencia desde las entrañas de nuestra tierra. Como si una lección del Apóstol irradiara en los campos cubanos: «En agricultura, como en todo, preparar bien ahorra tiempo, desengaños y riesgos».

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