Contrapiropos - Opinión

Contrapiropos

Autor:

Nelson García Santos

Estampas sobre galanterías se han escrito en abundancia. Unas veces alabando ese sentir incontenible que brota ante una de esas mujeres capaces de paralizar hasta la respiración, otras para arremeter contra los toscos, incapaces de armar en un santiamén una bella e incisiva frase de elogio.

Tampoco voy a escribir sobre quienes recurren a frases «desenfadadas» que, en vez de enaltecer la belleza que está ante su vista, la agreden y ofenden.

El piropo elegante lo agradecen mucho las mujeres, esas que refrescan a diario nuestra vista, nos ponen a soñar despiertos o, simplemente, nos hacen confirmar que la naturaleza no ha creado nada más bello que una de esas estatuas vivientes, donde la hermosura aflora retozona, con exactitud meridiana, para conmover y atraer, para el éxtasis y la euforia de los sentidos.

Casi no se ha tratado, para no ser absolutos, el tema de los contrapiropos, esos que devuelven las féminas, con elegancia y delicadeza, motivadas por el enaltecimiento que se les hace.

Una breve recopilación de ellos muestra la agudeza de ambas partes, tanto de las personas que los dicen como de las que replican. Y, en ambos casos, se caracterizan por el refinado doble sentido, la sobriedad y el respeto que termina casi siempre en la sonrisa recíproca.

Imaginemos la escena. Él le clava la vista a distancia y enrumba para cruzarse en su camino, mientras se le desboca la pasión. Ya la tiene al alcance de la mano y, entonces, sonriente, le susurra: «Preciosa, semejas un puro fuego, ¡bendita sea la naturaleza!».

Ella lo mira de reojo y, dulcemente, con un hablar que de por sí solo excita, enfatiza: «Fuego que nunca podrás apagar, aunque me consuma».

La muchacha adelanta por el parque, con su caminar bonito que le contonea el cuerpo para delinear, arriba y abajo, armoniosamente, sus exuberantes dotes, cuando alguien, de súbito, le dice: «Niña, con esa cadencia de tus caderas cualquiera logra un buen acople».

Se detiene ella, sonríe, vuelve la cabeza de golpe, coquetea seductoramente por un instante antes de remarcar: «Sí, pero qué lástima que seas desafinado».

—Bellísima, contigo no hay amaneceres tristes—, dice el conquistador.

—Contigo la noche se me convertiría en un desvelo inútil… —responde ella— porque percibo que eres un inmenso dormilón.

—Maravilla, lo que te hace falta a ti para vivir lo que nunca has vivido, es decidirte por mí.

—Qué lástima, si me hubieras dicho lo contrario te hubiera creído.

Una muchacha desde una esquina fija su mirada en un joven. Lo recorre de arriba a abajo, discretamente, pero aquel descubre el paneo sobre su cuerpo y, matador al fin, se lanza a fondo cuando llega junto a ella: «Tus ojos ya hablaron», le dice.

—Sí, cómo no, descubrieron que las apariencias engañan.

—Niña, ¿quién te diseñó esa ropa que realza tu cuerpo y tienta mis sentidos?

—Elemental, hombre, tan encandilado estás que no te das cuenta de que mi cuerpo es el que embellece la ropa.

—Monumentallll…, nena, si me dejaras desvelarte sería el más feliz de la tierra.

—No, infartarías. Fíjate que solo de verme te has quedado sin resuello, sudoroso.

Y también hay casos en que participan terceros. El hombre se cruza con dos lindas jóvenes que al sobrepasarlo comentan en alta voz: «¡Qué clase de mango!» Y otra que venía cerca de ellas, riposta: «Pero tiene dueña».

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