Y Eslovaquia dijo «no»

Autor:

Luis Luque Álvarez

Que un banquero acuda a casa de un pobre a pedirle ayuda, suena poco menos que risible. Y que un país con fama de desarrollado espere que uno mucho más atrasado le saque las galletas del horno, también puede parecer caricaturesco.

Miremos a Grecia. Allí, la estructura económica afronta los vientos de crisis porque, por mucho tiempo, los Gobiernos tomaron préstamos por la libre aquí y allá, permitieron que los evasores de impuestos se guillaran, y que los encargados de las estadísticas las falsificaran. Luego, a la hora de los mameyes, al momento de pasar por caja, no había con qué pagar la fiesta de la noche anterior.

Resultado: el Gobierno del Partido Socialista, que heredó la papa caliente dejada por la derecha, está apretándole las tuercas a la gente, que a cada rato sale a la calle a liarse a palos con la policía, mientras la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional le aplican al país una cura de caballo, para que pueda seguir recibiendo los millones de euros que lo mantienen funcionando.

Ahora bien, el plan de rescate pensado por la Eurozona —los 16 países de la UE cuya moneda es el euro— contempla que cada miembro dé su aporte para que no se hunda el trirreme griego. A Eslovaquia, pequeña república de Europa Central, que adoptó la moneda única en 2009, le tocó aportar 816 millones de euros a un fondo común de 110 000 millones. ¿Y qué pasó? Pues que los eslovacos, que habían dicho «sí», ahora dicen «¡ni un centavo». ¿Por qué?

Expliquemos que en junio, tras los comicios parlamentarios, los socialdemócratas —anuentes a entregar el dinero—, no pudieron repetir Gobierno, y debieron ceder el puesto al centroderecha de la hoy primera ministra Iveta Radicova, cuya postura es que Eslovaquia, por ser más pobre, no tiene que pagar «la irresponsabilidad» de Grecia, un país que viene siendo como el banquero con que ilustrábamos antes.

No le falta razón. Según datos de Eurostat (la oficina de estadísticas de la UE), Bratislava tiene una renta per cápita ubicada en el 72 por ciento de la media comunitaria, mientras que la de Atenas está en el 95 por ciento. Se trata además de un país que, como quien dice, entró ayer a la UE, apenas el 1ro. de mayo de 2004, frente a uno que está en el club desde 1981, y que se ha beneficiado mucho más de la plata que ha corrido desde los fondos de cohesión europeos (concebidos hipotéticamente para equiparar los niveles de vida en todos los países del bloque).

Conque, ¿es lógico que algunos de los más nuevos —no todos, pues ahí está el fraude húngaro, que no abordaré ahora—  disciplinen su presupuesto como se les exigió, para que otros más ricos despilfarren y después extiendan la mano?

No lo es, desde luego. Y no es justo. Además, Bratislava tiene sus propios problemas: un déficit del 6,8 por ciento —el límite en la eurozona debe ser tres puntos menor—, un desempleo que debe subir, y un descenso del consumo. Pero en Bruselas lo ven diferente, y han «lamentado» la negativa del nuevo Gobierno eslovaco como una falta al «principio de solidaridad» que debe primar en la UE. La Comisión Europea, dicen los cables, aseguró «tomar nota» de la decisión, y expresó que el dinero iría destinado no tanto a salvar a Grecia como a resguardar la estabilidad del euro.

También en esto hay razón. A Grecia la sostendrán porque, si se hundiera, el prestigio y la estabilidad de la moneda única serían pasto de los especuladores. Ayudar a Atenas es el «mal menor», pues el buey está uncido al carro de modo permanente, y no hay forma de zafarlo —no se concibe que alguien abandone el euro y retome su moneda nacional—, por lo que todos podrían arrimar el hombro, incluso cuando es injusto y muy irritante.

Ahora bien, más que regañar a Bratislava, ¿ha aplicado ya la UE algún cambio profundo en los mecanismos económicos y financieros, que no premie la especulación y evite que haya en cualquier momento estallidos similares al griego?

No, definitivamente. Y ahí están los muchos bancos de inversión salvados por las espaldas de los contribuyentes. ¿Tiene Eslovaquia garantías de que, tras hacer su tarea, no tendrá que volver a hacer la de otro?

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