La otra mitad del medio ambiente

Autor:

Alejandro Rodríguez Rodríguez

No es solo la caza y la tala. Infringe leyes ambientales vigentes en nuestro país el que parquea un camión chorreando aceite en la arena de la playa, el que suelta allí una lata de cerveza o una botella…

En Cuba la ley establece penas que van desde severas multas hasta la prestación comunitaria, a través de actividades relacionadas con la protección del medio ambiente. Sin embargo, hay que reconocer que aún resulta un reto para las autoridades tanto estrechar el cerco sobre los infractores como perfeccionar los sistemas de recogida de desechos en las comunidades y en los sitios de recreación.

Tampoco se trata de excesos, que a veces se nos va la mano: no piense usted que protege la biodiversidad hospedando al mosquito en su tanque, o criando ratas en la alcantarilla del barrio. La primera especie que hay que conservar es el hombre, la única, paradójicamente, con conciencia capaz de revertir el daño que ya ha causado.

No hay que ir muy lejos a reconocer daños en los ecosistemas. La zanja, como advirtiera el dúo Buena Fe, pasa justo enfrente de nuestras casas.

Si la mirada al problema del medio ambiente parte del discurso estereotípico de los tigres, los osos panda y la capa de ozono —que por otro lado tampoco merece nuestra desatención— por supuesto que lo sentiremos lejano. Debe verse primero desde lo propio. Por ejemplo, el carpintero churroso, que habita zonas boscosas, ha disminuido su población en un 30 por ciento en los últimos diez años: este es un problema muy cubano, sobre todo porque esta especie de ave es una de las 27 endémicas del archipiélago. ¿Causas? Las obvias: tala irresponsable, incendios forestales y, en menor medida, su captura por los seres humanos.

Cerrando más el diapasón, en la provincia de Camagüey la superficie plantada de árboles ha oscilado en el último decenio entre las 3 000 y las 4 500 hectáreas, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas, con una disminución en años recientes a causa de los huracanes Ike y Paloma. Ahora contraste usted esas cifras con la superficie total de la provincia más grande de Cuba y saque sus propias conclusiones.

Acciones relativamente simples como el control de la natalidad canina y el ahorro de electricidad nos convertirán en defensores de los derechos del ambiente. Ya en un plano menos individual se impone la necesidad de desarrollar una agricultura sostenible, aspecto debatido por los campesinos durante el último Congreso de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños.

Si bien el emplazamiento de cestos públicos en las principales arterias de la ciudad no corresponde directamente a los ciudadanos, sí nos atañe su cuidado: el plástico no siempre es biodegradable y hay envases que tardan muchísimos años en integrarse al ciclo natural.

Por lo pronto la invitación está sobre la mesa, y ya hay quien comenzó a satanizar el uso de los pulsos de carey y los aretes de coral porque, como dice aquel anuncio, la conservación sí está de moda.

Por último quiero referirme a una manifestación artística surgida en 2003. Desde que en ese año un artista holandés recogió en un libro titulado Treeffiti una serie de fotografías que reflejaban intervenciones en cortezas de árboles, el término se ha extendido casi a la par de las inscripciones en los troncos.

Aunque los seguidores de este estilo, que pretende dar categoría de arte incluso a las tradicionales inscripciones de enamorados, sostienen que la práctica responsable no daña el organismo de la planta, no deja de preocupar que grupos de jóvenes, principalmente en Europa, se interesen en ella irresponsablemente. (Tomado de Cubahora)

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