Sin solución a la vista

Autor:

Luis Luque Álvarez

Días atrás, al sentarse junto a ella el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y el líder palestino Mahmud Abbas, la jefa de la diplomacia de EE.UU., Hillary Clinton, dio unas puntadas al saco antes de que el grano saltara: «No podemos imponer soluciones. Solo ustedes tomarán las decisiones necesarias para llegar a un acuerdo que asegure el futuro de la ciudadanía de Israel y Palestina».

Así comenzaron las enésimas negociaciones de «paz». Si alguien lleva la cuenta, piense cuántas veces ha oído hablar de un «proceso de paz» en Tierra Santa, y si ha visto los frutos. «Solo ustedes tomarán las decisiones necesarias», dice Clinton, como si se tratara de dos potencias enfrentadas, equilibradas en poder, y no de una potencia frente a un pueblo pobre y militarmente ocupado.

A esta hora, menudean ya las fotos de primeros ministros israelíes y mandatarios palestinos dándose efusivos apretones de manos en presencia del hombre de turno en la Casa Blanca, mientras en la Palestina histórica, en un territorio tan pequeño como Haití, sigue encendido el fuego de un conflicto del que se han saturado los noticieros.

Ahora, los de las manos estrechadas fueron Netanyahu y Abbas. Aquel le dijo a este que «la paz es posible», y que ambas partes tendrían que hacer «concesiones dolorosas». ¿Dolorosas? ¡Casi imposibles!, pues hay dos obstáculos que, hasta donde imagino, se pintan como insalvables.

Uno es Jerusalén. Durante la Guerra de los Seis Días, de 1967, Israel le quitó a Jordania el sector oriental de la ciudad, y pese a los reclamos internacionales —el plan de partición de la ONU, de 1947, no incluía a toda Jerusalén en el lado israelí—, jamás la devolvió. Para completar, en 1980, el Kneset (Parlamento) declaró que la ciudad toda era la «capital eterna e indivisible de Israel».

En esa parte de la urbe están algunos de los más sagrados sitios del Islam, como la Explanada de las Mezquitas. Allí se encuentra la erigida por el califa Omar donde, según la tradición musulmana, Mahoma subió al cielo. El control de esa área, a la que pueden acceder los árabes para sus rezos, se lo reserva Israel, que además, desde el este, ha ampliado algunas de sus más grandes colonias de Cisjordania hacia ese sector. Y la Autoridad Nacional Palestina (ANP) aspira a declararlo como capital de su futuro Estado.

El otro tema ya lo tocamos: los asentamientos israelíes, que la comunidad internacional considera ilegales. Imaginemos grandes bloques de edificios y espaciosas residencias, con huertas, fuentes, cines, sinagogas, tiendas… Ciudades en miniatura, rodeadas de alambradas para evitar a los intrusos, y con fuerte custodia militar. Para salir o entrar, los residentes cuentan con carreteras exclusivas, que surcan la fértil Cisjordania. Ningún palestino puede poner un pie en esas vías.

Pues bien, muchos de los asentamientos están ahí desde la década del 60. Miles y miles de israelíes han nacido en ellos, y si se les menciona la palabra «hogar», la mente les evocará el que tienen ahí mismo, injustamente enclavado en tierra palestina. Si se les pide en algún momento conceder lo que por mucho tiempo han creído que es legítimamente suyo; si un Gobierno israelí les dice: «Señores, esto se terminó: tomen una generosa indemnización y márchense a casa, a Haifa, a Tel Aviv, a Beersheba…», es muy probable que signifique el fin del Estado. Muchos colonos están fuertemente armados…

De modo que, si no hay Jerusalén a la vista, ni asentamientos desmantelados —al revés: el 26 de este mes Israel levantará una prohibición que paralizó la construcción de viviendas de colonos—, ¿de qué paz posible se estará hablando en los programados encuentros quincenales?

Desafortunadamente, las intenciones en estado puro, sin gestos concretos, solo sirven para buenas fotos. No para mucho más…

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