Vi a Fidel

Autor:

Carla Gloria Colomé Santiago

Cuando las charlas con aires de tertulias que entablaba con mis amigos sacaban a la luz la frase «¿Quién lo ha visto?», entonces solo me atacaba el recuerdo de una pantalla de 14 pulgadas, rodeada por botones de volúmenes, canales, y la calcomanía con rastros del tiempo que un día le pegué a mi televisor. Y dentro de ese artefacto obsequiado por el bondadoso mundo moderno estaba él, hablando entonces de otras cosas.

Yo sí no podía aludir en aquellas charlas a sus manos, tan alabadas. Y yo allí, acordándome de mi televisor, que por chiquito le reducía el tamaño; que por antiguo opacaba también el secreto de unos largos dedos y quién sabe cuántas otras cosas.

Ese televisor que tantos de mis golpes ha recibido cuando las imágenes se vuelven rayas que saltan una y otra vez, me regaló el jueves la noticia de que el Comandante en Jefe se dirigiría a los universitarios.

Llegué a la Escalinata en el momento exacto en que Fidel comenzó a hablar. Entonces un mar de gente nos separaba. Él, como custodiado por el Alma Máter y yo, saltando para burlar esta vez la pantalla de vidrio que tengo en la casa, de puntillas para verlo.

Parecía que me hablaba al oído. Así lo imaginé porque estaba parada frente a uno de los grandes audios que reproducían su voz. Imaginé que me hablaba de cerca. Y aunque ya había visto la transmisión de varios de sus encuentros, fue allí cuando mejor imaginé también qué nos depararía el estallido de una guerra nuclear.

En esos escalones que prologan la Universidad, cómplices de jóvenes que lo mismo conversan del futuro de su país, de amor, de sexo, de desilusiones, ahora se hablaba de un mundo cuya suerte tienen entre manos unos cuantos. Allí escuchaban rostros aún pueriles, pero que entienden que esas bombas no son crédito para el futuro que desean protagonizar.

Y mientras pensaba en lo que decía Fidel, trataba a cada momento de verlo. Si lo miraba con los ojos, divisaba a lo lejos una figura con vestigios de verde. Si lo veía con los oídos, me imaginaba mejor su tamaño, como burlando los años; sus manos, tal vez matizadas con venas, enfundadas de una piel como de seda. Lo vi de lejos. Lo vi cerca. Y luego me fui cantando como muchos…

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