La irresponsabilidad puede ser letal

Autor:

Roberto Díaz Martorell

Casi no lo pude esquivar. Iba tan rápido que apenas vi el color blanco del auto que pasaba a una velocidad increíble, dejando a su paso una estela de cabezas torcidas con la intención de gritarle al chofer, quien parecía conducir en uno de esos juegos de Play Station en un nivel avanzado.

Seguro estoy de que hasta el presentador de la sección Cómo lo hicieron, en el programa televisivo Cuadro a cuadro, hubiera pasado trabajo para fijar los detalles tanto del chofer como del carro, porque a simple vista fue imposible.

El susto ocurrió en la mañana del 26 de agosto, cuando varios vecinos del reparto Panel II, en La Fe, Isla de la Juventud, nos dirigíamos al trabajo y ya algunos niños salían de sus casas para continuar el juego de pelota trunco porque mamá llamó al baño u oscureció.

Nadie justificó —ni podían— tanta prisa en una zona urbana,  y les aseguro que el auto iba a mil.

Comentando el tema brotaron vivencias relacionadas con velocidades e irresponsables. Hubo hasta quien mostró cicatrices provocadas por uno de estos asiduos violadores de las leyes del tránsito, cuya actitud deja, en el mejor de los casos, el sabor amargo de lo que pudo ser y no fue. ¿Navegamos con suerte?

Datos actualizados en Internet reflejan que en el planeta mueren aproximadamente 1,2 millones de personas al año por accidentes en la vía, y aunque las cifras más alarmantes las aporta EE.UU. (94 muertes diarias), donde se gastan millones de dólares anuales para crear artefactos novedosos que eviten dichos accidentes, nosotros no estamos exentos.

Algunas opiniones se inclinan por colocar la solución en esos dispositivos modernos que avisan al computador de un auto sobre un inminente choque. Sin negar el papel que a largo plazo puedan tener esas nuevas tecnologías, la capacidad de adelantarnos a una situación que pueda terminar en accidente no viene en un chip, por lo cual tendremos que apelar siempre, y primero que todo, a la responsabilidad y a la disciplina.

Ansiosos ante la posibilidad del peligro y el sufrimiento, es normal que en ocasiones nos impacientemos y hagamos la pregunta del siglo: ¿Hasta cuándo habrá que esperar porque irresponsables como el chofer en cuestión hagan conciencia y cumplan las leyes?

A mi juicio la disciplina debe imponerse; y sin descartar la persuasión y las charlas encaminadas a orientar y enseñar el bien y el mal, tener presente que cada infracción lleva su medida, no en papeles ni resoluciones, sino en vivo y en directo.

¿Acaso quienes viven en otras naciones son más limpios porque recogen las heces del perro, o más conscientes porque cortan la hierba del patio una vez a la semana o no cargan botellas de bebidas alcohólicas abiertas dentro del carro? No. Respetan porque las multas les vacían los bolsillos, los llevan ante tribunales y, en casos extremos, pierden hasta las propiedades.

A que haya más tranquilidad en nuestras vías ayudará que se apliquen pronta y adecuadamente las multas, pero también cuanto seamos capaces de hacer antes, potenciando la precaución en choferes y peatones. La vigilancia no puede reducirse a que haya más agentes de la policía en la carretera.

Esta temporada de verano en la Isla de la Juventud fue un ejemplo de cuánto se puede hacer, ya que se redujeron en casi 50 por ciento los accidentes (7 en el período reciente, contra 13 en 2009).

Continuemos haciendo, entre todos, lo que sea menester para que cada vez haya por ahí menos conductores —como el que motivó este comentario— dando rienda suelta a su «maestría» al volante y poniendo en peligro sus vidas y las de los demás.

Recordemos que los peatones tienen un 90 por ciento de probabilidades de sobrevivir a un accidente al impactar con un auto a 30 km por hora. A velocidades superiores, estas decrecen a un 50 por ciento. Saque usted la cuenta y juzgue la irresponsabilidad, ahora que los niños ya acuden a la escuela.

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