Inconsecuencias

Autor:

Hugo Rius

Tan solo enterarse a través de los medios informativos que Ciudad de La Habana es hoy una de las dos provincias del país cuyos embalses experimentan los más bajos niveles de acumulación de agua debería bastar para que los habaneros, los de raigambre por generaciones y los que tomaron posesión de «la capital de todos los cubanos», disparen luces hogareñas de alarma.

Ello sería una conducta consecuente por parte de quienes uno presupone elementales sabedores de que ese tan proclamado «preciado líquido» —pero me temo que insuficientemente valorado— no siempre lo proporciona la naturaleza a raudales, ni que tampoco hasta ahora se ha verificado que su escasez pueda superarse mediante cánticos conjuradores, menos aún en tiempos en que el calentamiento global altera estaciones y regímenes de lluvias.

Sin embargo, y pese a esas cuentas demasiado claras, inconsecuencias ciudadanas se tornan dolorosamente frecuentes, si nos atenemos —por solo mencionar uno de los diversos ángulos de la cuestión— a la visible proliferación de tanques de aguas adicionales en domicilios, los cuales vierten durante horas y horas, sin uso alguno, lo que debía conservarse, según el criterio con que en principio fueron erigidos tales depósitos.

No faltará quienes con cierta razón esgriman irregularidades en suministros comerciales de piezas para reparaciones de plomería y los precios altos de las mismas. Pero cabe también preguntarse por qué quien hizo una costosa inversión inicial para procurarse una reserva casera se despreocupa ahora y no da mantenimiento a lo que levantó en condiciones adecuadas, en lugar de dejar que el salidero despilfarrador siga su curso, propiciando de paso un hábitat para mosquitos transmisores.

El asunto suele adquirir complejidad en la trama de los edificios multifamiliares en los que unos comprenden y racionalizan y otros actúan con indolencia, perjudicando al resto del vecindario, y rechazan a veces con hostilidad insultante los llamados de atención y hasta las amables exhortaciones. Qué les importa mientras sus grifos proporcionen chorros, si a fin de cuentas no hay que pagar por el consumo de agua, como sí se hace por la electricidad y el gas.

Si un día surge la necesidad de establecer medidas extremas por cualquier eventual y pasajera crisis de suministro de agua, con bastante probabilidad quienes así se comportan serán los primeros en chillar con dureza contra el Estado, que no consigue el milagro de las lluvias abundantes e incumple con el reclamado y pretendido papel de papacito bonachón y consentidor del desperdicio de aguas. Burda inconsecuencia.

Y si de esto último se trata resulta insoslayable mencionar la ausencia de autoridades reguladoras que vigilen con celo y sancionen a derrochadores en domicilios y centros laborales, empezando por prestar atención a conscientes avisos ciudadanos que todavía caen en el vacío burocrático de los llamados encargados de la atención al público.

Apenas me limito a dibujar un eslabón de la larga cadena de inconsecuencias que habrá que seguir enfocando sin desmayo, y por lo pronto dejaré una del pensamiento y la reflexión como «tarea para la casa» —como se suele decir ahora, en lenguaje coloquial.

Quien tenga el interés o la curiosidad de visitar el Hospital Oncológico, con certeza quedará gratamente impresionado por los excelentes resultados de los esfuerzos de rehabilitación de esa sensible institución, en equipamientos, instalaciones y ambientación, que se suma a su ya prestigioso cuerpo médico. Pero siempre hay un pero, y una vecina que visitó a su hija por estos días encontró que en la habitación en que se encontraba internada alguien ya había arrancado los herrajes de la ducha y el juego completo de iluminación del baño.

¿Acaso los autores de semejante vandalismo de oportunidad, se consideran inmunes a un eventual cuidado médico allí o en otros hospitales recién restaurados, donde ocurren episodios parecidos?

Llegado el caso —ojalá que nunca—, ¿reaccionarán entonces, inconsecuentes, culpando por los inconvenientes encontrados a esos centros asistenciales que antes despedazaron como buitres?

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