Las ruinas olvidadas en Iraq

Autor:

Nyliam Vázquez García

Iraq dejó de ser noticia. En el mundo de hoy ese detalle podría marcar la diferencia, especialmente, porque no pocos asumen que la realidad es esa que llena horas en CNN o en cualquiera de los grandes medios de información. En ese contexto, quizá algún estadounidense escuche la palabra guerra o Iraq y le asalte la pregunta: ¿Pero hubo guerra allí? o peor aún… ¿Dónde está ese país? ¿Seguro que es de este mundo?

Todo puede pasar. Duele que siete años después del inicio de la guerra y la ocupación por parte de EE.UU. y sus aliados, no solo sea un hecho confirmado y aceptado que nunca hubo allí «armas de destrucción masiva», sino que el país prometido a los iraquíes no existe ya ni en los sueños de los que se sumaron al entusiasmo conseguido a fuerza de bombas.

Sin embargo, apenas hace algunas semanas Iraq volvió a ocupar titulares. Washington anunció, fanfarria y brindis incluidos, el fin de las operaciones militares en esa nación. Mientras, pasaron casi inadvertidos los 50 000 uniformados que se quedaron allí, quienes no pueden intervenir en operaciones militares —a menos que el gobierno iraquí se lo pida (solo una semana después ya participaron en una redada en Bagdad)— y la legión de contratistas que seguirán amasando fortunas gracias a la inseguridad: ocupantes de nuevo tipo.

En medio de todo, los iraquíes salen a la calle a protestar por la falta de suministro eléctrico. También por las dificultades que tienen a diario para obtener agua potable o combustible en uno de los grandes productores y exportadores a nivel planetario. Más paradojas…

Iraq quedó sin infraestructura con la ocupación; especialmente, según un reporte de IPS, de fuentes de suministro de energía y agua. Por otra parte, las promesas de desa-rrollo fueron solo eso. La mayoría de los iraquíes, por ejemplo, no tiene acceso a la electricidad; quienes tienen el servicio apenas pueden pagarlo y, los que poseen un generador propio, entonces tienen dificultades para conseguir el combustible que los haga funcionar.

«Los ocupantes destruyeron todas las instituciones y la infraestructura del país, incluyendo las centrales de energía. Más de siete años después, no hay mejoría», aseguró a la agencia noticiosa, Hashim Mahdi, un iraquí de 61 años residente en Bagdad.

Se enfrentan no solo a la inexistencia de las instalaciones, sino también a las muchas trabas en los puestos de seguridad para entrar con combustible a las ciudades y los barrios. ¿No es el colmo?

A veces los policías, esos que entrenaron los militares estadounidenses para que Iraq se hiciera cargo de su destino, le cobran a la gente por dejarlos pasar con la preciada carga. Y, como si no bastara, los matan por protestar.

En junio y con temperaturas que alcanzaron más de 50 grados, la policía en Basora asesinó a dos iraquíes cuando protestaban por los cortes de luz. Las muertes y las continuas manifestaciones durante el verano derivaron en la renuncia del ministro de Electricidad, Karim Waheed.

Mientras el político iraquí criticó la falta de paciencia de los ciudadanos —no le parecieron suficientes todos estos años de guerra—, la cúpula de poder estadounidenses se lavó las manos, a fin de cuentas este tal vez sí clasifique como un problema «interno». Pero, ¿quién lanzó las bombas? ¿Quién se quedó con los pozos de petróleo?

Iraq ya no llena titulares de los grandes medios. Sin embargo, la herencia nefasta de la guerra está demasiado vívida. No importa que «en teoría» los ocupantes ya no estén: arrasaron lo suficiente. Lo peor es que el mundo podría olvidarlo, pero a quienes sufren las ruinas del país les está negado. No es posible.

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