Puentes - Opinión

Puentes

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Casi como quien pierde un ser querido, una muchacha me dice que le cerrarán su buzón de correo electrónico. Termina la vida estudiantil y el cupo de esa ventana digital debe cederse a otros. Ya ella no estará, por tanto su cuenta ha de morir.

«Hay mensajes que tengo gastados de tanto leerlos», confiesa. Y antes del fin inevitable los copia en otros documentos para atesorarlos. No sé si responderle, porque tal vez mis palabras se pierdan en un limbo informático sin puerta de destino. Pero me queda rondando aquella despedida...

¿Cuántos envíos pueden haber atravesado esa ruta de computadoras en cinco años? ¿Qué emociones habrá llevado cada uno en el bullente trayecto de la universidad? ¿Por cuáles habrá llorado? ¿Qué voces la habrán hecho esperanzarse?

El tiempo que nos toca en el reino pensante está hecho de roces, de adioses y bienvenidas. Cada Hola presagia un Hasta luego, y este, a su vez, puede alumbrar otros encuentros. Como en una imparable cadena de comuniones y desenlaces que nos va llevando del primer grito al último.

Tal vez la muchacha supo por el buzón las primeras notas en sus exámenes. O enfrentó el duro regaño de algún profesor exigente. De seguro se concertaron fiestas en las que el mensaje colectivo unió para un viaje a la playa, una descarga entre amigos, o un repaso para la más difícil prueba.

Hacia los que iniciaron la carrera y el destino no les permitió seguir, el correo sirvió de puente para compartir nostalgias. Quizá algunos partieron incluso hasta otras latitudes, y de aquí y de allá volaron fotos, añoranzas, abrazos.

En un día de lluvia su amiga puede haberle enviado la última canción de Sabina. Y en otro momento, entre trabajos de curso y prácticas preprofesionales, quién sabe si se le aguaron los ojos cuando supo una triste noticia...

Escribiéndole a un desconocido encontró tal vez el amor que buscaba; y por el mismo trillo de letras, años más tarde, puede haberle dado con igual misterio los últimos besos.

Hubo instantes en los que tecleó de prisa, ausente a una conferencia, porque su mente estaba más en los hilos digitales que en las reflexiones de la asignatura. El enfado puede haberla arrastrado a redactar con mayúsculas, o haber sido hiriente, o hasta distanciarse de seres amables por una simple discusión. Pero igualmente pudo haber resuelto los mayores dislates con un email de dos palabras que dijese «te quiero».

Un amigo, un misterio, una familia, un amor. Maestros y notas. Canciones y olvidos. Como si en el disco duro de un servidor viviera una ciudad de recuerdos, de lazos, de corazones.

«El que se va es mi buzón —me explica—. Yo me quedo». Y la leo, la escucho, como regresando de la zona ignota donde no sé si permanecerán al menos las letras de su voz. ¿Será que con aquel apartado electrónico, en el que también viví, me voy yendo un poco?

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