Las maneras de Judas - Opinión

Las maneras de Judas

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

En política es preciso proyectar los acontecimientos hacia atrás, para precaver certeramente hacia adelante. Ello no debería ignorarlo la izquierda latinoamericana en el Gobierno, pues se está jugando su existencia.

En el pasado quedó la época bushiana de la política rudimentaria; con el mazazo como la opción de conquista, y el neanderthalismo como consigna, al estilo de la guapería pistoletera del viejo Oeste.

Las fuerzas que se proponen el rescate del liderazgo simbólico norteamericano no volverán a manifestarse burdamente. Hacen política como damiselas, con sedosos y sutiles guantes blancos. Son una cosa sobre las alfombras mediáticas y otra muy diferente a la sombra.

No debe olvidarse que en los sofisticados laboratorios imperiales se incubó en los años recientes un atractivo aunque sofisticado y traicionero Alien, cuyo nombre casi lo denuncia todo: el poder inteligente.

La forma en que desde Estados Unidos se manejó el golpe de Estado en Honduras resulta un clásico de la nueva aptitud, que debería estudiarse a fondo entre los líderes del llamado socialismo del siglo XXI. Sobre todo ahora, tras la «extraña rebeldía policial» —así intentaron acuñarlo los grandes medios y no pocos confundidos— desatada en el Ecuador de la Revolución Ciudadana encabezada por Rafael Correa.

Resultó curiosa la timidez —muy parecida a la manifestada tras el cuartelazo hondureño— en las declaraciones de los funcionarios diplomáticos y gubernamentales imperiales, tras el bandidezco zarpazo policial que, como ha sido suficientemente demostrado, se hilvanó matemáticamente por las fuerzas políticas opuestas al cambio de país proyectado desde las fuerzas patrióticas correístas.

La cortedad diplomática norteamericana en el asunto huele a queso. Hace recordar aquella extraña e inesperada visita realizada a Manuel Zelaya por el embajador norteamericano en Honduras, Hugo Llorens, mientras este intentaba, desde la frontera con Nicaragua, estructurar un ejército popular para devolver la constitucionalidad a su nación.

Todos los cables internacionales dijeron que la reunión finalizó en un ambiente de cordialidad; y lo confirmaron las imágenes transmitidas por el canal 4 de televisión de Nicaragua, que mostraron a Zelaya abrazado y tomándose fotos con el representante estadounidense y otros miembros de su delegación.

El propio Presidente constitucional de Honduras dijo estar «complacido» con el encuentro, y aseguró que solicitó a Estados Unidos «recrudecer» las sanciones contra el régimen golpista.

Algún tufillo extraño se esparcía en el ambiente mientras Llorens, camaján de línea dura asociado a lo peor de la política norteamericana en la región, se mostraba compasivo y sonriente con el dignatario.

Y lo más insólito: que lo hiciera, como explicó la ex canciller Patricia Rodas al canal Telesur, para dejar absolutamente «nada» que pudiera ayudar a poner en cintura a los gestores y ejecutores del madrugonazo militar.

Patricia explicó que el encuentro «no cambió» el panorama político en la crisis hondureña. En su opinión, fue una reunión de reiteraciones. «Ellos —los representantes estadounidenses— tampoco vienen con un cambio, ni con una nueva propuesta», manifestó.

No debe olvidarse que algunos analistas denunciaron que el «cariñoso» Llorens estaba al tanto de que se ejecutaría el zarpazo hondureño con mucho tiempo de antelación. Incluso, no faltan quienes aseguran que en su oficina de Tegucigalpa se idearon los pasos de lo que desde Estados Unidos se esperaba trascendiera como un golpe con «sabor a otra cosa».

Tal vez preocupaba demasiado en Washington que las acciones del mandatario hondureño estaban afincadas sobre los terrenos del ALBA (Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América), a partir de la instalación de un campamento de la Resistencia en la frontera nicaragüense y la creación de un Ejército popular, que podía dar un desenlace fuera de las mediaciones norteamericanas.

Curiosamente, Oscar Arias, quien por esos días se erigía como un cuestionable mediador, criticó la decisión de Zelaya de adherirse a los acuerdos del ALBA, lo cual catalogó como un error.

Semejantes agudezas políticas no pasaron inadvertidas. Para el catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho puertorriqueño, Carlos Rivera Lugo, cuando se cumplía un mes del golpe de Estado en Honduras el campo de batalla se iba deslindando con mayor claridad.

Al inicio de la crisis —señaló— parecía existir un acuerdo unánime entre los Gobiernos de las Américas de condena al golpe, rechazo al Gobierno de facto instaurado y reclamo de la restitución inmediata e incondicional del Presidente constitucional.

Sin embargo —subrayó— al correr de los días y las semanas, la unanimidad se había hecho agua tras las maniobras diplomáticas de Estados Unidos por reinscribir el conflicto dentro de su tradicional estrategia.

Para el analista, en el caso de Honduras, la retórica de Obama brillaba por su insustancialidad e inconsecuencia frente a la fuerza contundente de los hechos protagonizados por la diplomacia de su ejecutivo, con la arrogancia de siempre.

Para esta, el objetivo más importante no era cumplir con el imperativo unánime de la Organización de Estados Americanos (OEA) para que se restituyera de inmediato y sin restricciones al Presidente constitucional, sino aislar al bloque de países adscritos al ALBA, encabezado por la Venezuela bolivariana de Hugo Chávez e integrado, entre otros, por Cuba, Bolivia y Nicaragua.

Según sostuvo el investigador, el hecho de que Honduras, bajo la presidencia de Zelaya, estuviera aliada al ALBA, fue suficiente para que la política exterior estadounidense se diera a la tarea de promover una solución al conflicto que legitimara los propósitos de los golpistas de poner fin a la agenda de cambios representada por el Gobierno de Zelaya.

Sorprendentemente, el ex presidente derechista ecuatoriano Lucio Gutiérrez, a quien se considera la cabeza del derrotado golpe en Ecuador, manifestó a la cadena privada colombiana RCN que el socialismo del siglo XXI no va a continuar. «Cuando desaparezcan el presidente venezolano Hugo Chávez y Correa, sucederá como sucedió en Rusia», manifestó.

¿Acaso no serían estos los parajes a los que pretendían conducir a la Revolución Ciudadana en el Ecuador?

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