Danubio rojo

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Uno se cree original, y siempre alguien le antecede. Cuando estampé el título de esta muesca periodística comprobé, navegando en Internet, que más de un colega lejano me había antecedido, al vaticinar con esa paráfrasis el peligro que corren las aguas del gran río europeo de tornarse grana, si la catástrofe ecológica de Hungría desata su segunda edición.

La pasada semana quebró el dique de una represa de residuos tóxicos de alúmina en la nación esteuropea: un millón de metros cúbicos de rojo lodo tóxico arrasaron 41 kilómetros cuadrados de suelos y se extendieron por afluentes del Gran Danubio, con el saldo hasta ahora de ocho personas muertas y 150 quemadas, unas 40 000 hectáreas inhabilitadas para la agricultura y la certeza de que Hungría demorará en recuperarse de la mayor tragedia medioambiental de su historia.

Las alarmas llegaron al extremo de anunciar que las aguas llevaron ese malsano lodo hasta el Gran Danubio, con el consiguiente cambio en su pH por el arsénico y el mercurio. Luego, fuentes oficiales aseguraron que el fenómeno en el río estaba controlado, y los indicadores se iban recuperando. Pero la organización ecologista Greenpeace acusa al Gobierno de ocultar a los ciudadanos los niveles de toxicidad que amenazan con el equilibrio animal y vegetal. Se augura que, cuando se seque el lodo, los contaminantes químicos que porta se difuminarán en la atmósfera del país magyar.

Lo más preocupante es que, según el propio Gobierno húngaro, se detectaron nuevas grietas en la pared norte de la represa, por donde podrían desatarse unos 500 000 metros cúbicos más del detritus pernicioso.

Por el momento, el Gobierno húngaro paralizó la causante del accidente, la fábrica productora de la alúmina, mientras que sus directivos se defienden como gato boca arriba sobre el Danubio. Y la opinión pública sube la marea y exige investigaciones acuciosas, extenuada de tantos desmanes medioambientales en pos de las ganancias y las utilidades de unos sobre la desgracia de otros. El director general de MAL, la empresa contaminante, está detenido por la policía. De seguro, la firma se verá precisada a pagar cuantiosas sumas entre la multa y las indemnizaciones. Pero el mal está hecho.

El Danubio ya de por sí es uno de los diez ríos más contaminados del planeta, y ha sufrido en sus aguas los saldos del incontrolado desarrollo industrial europeo durante siglos. Como si fuera poco, los bombardeos de la OTAN sobre fábricas serbias, en 1999, desataron un torrente de residuos químicos hacia sus corrientes.

Los grandes medios de información, subyugados por el espectáculo morboso del lodo rojo que todo lo invade, soslayan el verdadero surtidor de esta tragedia; así como hoy ensalzan el melodrama del inminente rescate de unos mineros chilenos entrampados hace más de dos meses en las honduras de la Tierra, sin apuntar a las entrañas del problema. De esa misma manera, los pobres consumidores de tanta información sesgada presenciamos durante semanas y semanas el folletín novelesco del derrame de petróleo en un pozo de la British en el Golfo de México, y los esfuerzos por sellarlo. Ya nadie recuerda por qué estalló. De continuar como pasivos espectadores de esas tramas macabras, algún día este planeta ya no tendrá nada que preservar.

Ayer se cernían nuevas amenazas de derrames tóxicos, y se agilizaban las obras de un nuevo dique de contención. Pero aun así peligra en convertirse en rojo, al punto de incitar un reguetón procaz, aquel límpido Danubio azul que inspiró al compositor vienés Johann Strauss (hijo) el célebre vals, ese que aún hace danzar la esperanza de un mundo más puro.

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