Criminales del asfalto

Autor:

Julio Martínez Molina

Numerosas calles y avenidas de Cienfuegos están siendo reparadas como parte de un proceso expansivo de rehabilitación integral del entramado vial.

Lo agradece y se beneficia el pueblo en general, pero de forma especial las miles de personas que deben desplazarse a diario en medios rodantes de locomoción.

Hubo arterias por las cuales, entre el sorteo de aquel bache o de este hueco, la circulación llegó a tornarse bastante complicada antes de estas labores, que suponen una obra de envergadura desde cualquier punto de vista.

Si se tiene en cuenta que estas proseguirán, antes de que el 2010 integre la colección de almanaques pretéritos, los obreros dedicados a la tarea habrán depositado sobre la espalda caliente de las calles de Cienfuegos poco menos de 8 700 toneladas de asfalto.

En tal dirección, todo ciudadano con sentido común coincidirá con el espíritu de estas letras al apuntalar la necesidad de preservar los arreglos.

Así, no puede seguir siendo aceptable ni sustentable la actitud insana de aquellos que, a pico alzado, atentan contra el pavimento en razón de intereses personales.

Esto —no solo apreciable aquí, sino también en varias ciudades del país— lo hacen tales agresores para darle salida a las aguas o desechos de disímiles objetivos privados, por casi todos conocidos en la comunidad, aunque por regla general son poco combatidos dentro de la arquitectura vecinal.

La agresión asfáltica, por supuesto, no acontece en el Prado cienfueguero ni en las avenidas centrales de otras plazas, sino en calles más o menos alejadas de los consejos populares, pero asfaltadas con el mismo sacrificio y semejantes recursos económicos.

Al poco tiempo de ver una vía completamente restaurada, siempre aparece la línea que quiebra su armonía, esa suerte de «trillo» o absurda «guardarraya» que hace detener el vehículo, el frenazo, el daño al neumático y los amortiguadores, el accidente incluso…

Si sacamos cuentas de lo que representa en pérdidas la combinación de todos los anteriores elementos, llegaremos a la conclusión de que el perjuicio no se limita al tiempo que perdemos por un simple alto en el camino.

De hecho, ya la movilidad automotora tiende a dificultarse cada día más ante la imprudencia de choferes que operan bajo el código de someter, o intentar hacerlo, al más débil —la rastra, el camión o el carro que hurta la posibilidad de adelantamiento prácticamente encima del motociclista, el ciclista o el tripulante del auto pequeño—, o el fenómeno de los perros sueltos en la vía, por citar solo dos ejemplos.

Y volviendo al compañero —es eufemismo: en casos tales solo importan el «yo» y la solución de su dificultad, sin importar los perjuicios colectivos— practicante del atentado contra la calle, si nadie le dice nada y todo continúa igual, al menos le podríamos poner una sesión privada de la película La carretera.

Quizá así se conduela cuando vea adónde pueden llevar el caos y el desacato a las normas.

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