Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La cultura cubana desde el barrio

Autor:

Carlos Rodríguez Almaguer

«El pueblo más feliz es el que tenga
mejor educados a sus hijos, en la instrucción
del pensamiento y en la dirección de
los sentimientos».
José Martí

Cuando el 27 de mayo de 1952, Alejo Carpentier escribía en las páginas del diario venezolano El Nacional su breve artículo El arte de empezar temprano, no podía imaginar que más de medio siglo después podríamos publicarlo íntegramente en nuestra prensa como parte de lo cotidiano.

«A menudo un padre se nos queja —escribía entonces Carpentier— de la frivolidad de las generaciones presentes: “¡No sé cómo aficionar a mi hijo a la lectura! Ha cumplido quince años y no abre más que los libros del Liceo… y eso, ¡porque es obligación! ¡Los jóvenes de hoy no leen!”… cuando ese padre ha terminado de lamentarse, tengo siempre ganas de preguntarle:

—Pero… usted o su esposa, ¿leían cuentos, aventuras, al muchacho, antes de que él supiera leer…? ¿Ustedes sacrificaban algún momento, cada día, para hacerle lecturas en voz alta…?”».

En el mismo artículo comenta sobre la formación del gusto musical en los niños; específicamente se refiere a una niña. «La respuesta es sencilla. Coloque un tocadiscos en un lugar cercano al de sus juegos, y no deje de hacer sonar —aunque ella no parezca prestar la menor atención a ello— grabaciones de buena música. Pero —¡eso sí!— de buena música. No importa los autores. El timbre de los instrumentos, los diversos climas armónicos del presente y del pasado van torneando una sensibilidad musical, de modo gradual, casi imperceptible, en la prodigiosa materia plástica que es el cerebro del niño. Parece que no escuchó, y puede que así sea, en efecto. Pero siente, sin darse cuenta. La sinfonía le va entrando por los poros. Y un día se detiene de jugar para agarrar, al paso, un tema cuya rara sonoridad de flautas y arpas le halaga el oído de modo animal, por así decirlo. Cuando esto se logra, puede afirmarse que su musicalidad está en marcha».

Y concluye este artículo el autor de El siglo de la luces, comentando el hecho de que en el sitio donde solía comprar sus discos, los clientes más exigentes que encontraba eran jóvenes de 20 años, pero que habían escuchado buena música desde los cuatro.

Ya sabemos que nuestros niños reciben en la escuela una asignatura en que se aborda la lectura, y en otra la educación musical, pero es evidente que no basta. Es necesario que la familia tome cartas en el asunto, amén de que la escuela también trate de educar, además de instruir, para que la sensibilidad artística del niño comience a forjarse desde los primeros años de vida. Si para Martí un pueblo se mide por el tipo de hombre y de mujer que en él se reproduce, entonces la formación de ese ser humano implica también una responsabilidad social de la que nadie está exento. Y si un pueblo está en condiciones para asumir y cumplir este deber elemental e ineludible, ese es el pueblo cubano.

El sistema institucional de la cultura abarca el espectro de nuestra sociedad, abierto a las más diversas posibilidades formativas. Desde los instructores de arte en las escuelas y el promotor cultural en el barrio, hasta nuestras insignes academias e institutos. Es necesario complementarlo con lo que él, si bien puede fomentar y alimentar, no puede garantizar: la voluntad individual y colectiva de cultivar su espíritu, único camino de ascenso humano.

En medio de la vertiginosa carrera que constituye la existencia para los que hoy habitamos el planeta, es necesario hacer un alto de vez en cuando para tratar de vivir esa experiencia maravillosa que significa formar parte consciente, aunque sea por unos pocos años, de aquello que Martí llamó «el alma universal». Por eso ha de comprenderse que para adquirir, vivir y construir en ese espacio infinito que llamamos cultura, no basta comprar, por moda temporal, libros que a veces no leemos, ni siquiera leerlos sin que luego tengamos con quién comentar su lectura, porque «nos faltan» espacios, como si los espacios del diálogo, la tertulia, la conversación sabrosa y útil, tuvieran que entregárnoslos en un plan de trabajo y no fuera necesidad de nosotros producirlos, inventarlos, defenderlos.

En un pueblo cuya génesis está en las ideas que se discutían en las tertulias, que no surgieron sino de la insaciable necesidad humana de comunicar; en un pueblo conversador por tradición y por naturaleza, el arte de conversar se ha ido perdiendo, ahogado por una jerga insulsa que degenera más que aviva nuestra inteligencia y nuestra lengua, contaminado por el chisme y la banalidad. Existen, por supuesto, honrosas excepciones, pero lo triste es que en un pueblo sin duda instruido como el nuestro, esos deliciosos momentos que nos depara una conversación inteligente, que ayuda a levantar el espíritu sobre la pequeñez cotidiana —como le pedía Tagore a su dios— no debieran ser eso: excepciones.

Instrucción no es sinónimo de cultura. Sobran los ejemplos. Forma parte importante de ella, nada más. Por lo tanto no basta la instrucción escolar de la primaria a la universidad, como tampoco bastan la red de bibliotecas públicas, de casas de cultura, de librerías donde confluye una política editorial enfocada, no como un negocio, sino como un medio para contribuir al crecimiento humano, ni las redes de galerías de arte, de teatros, de salas de concierto, si no fomentamos en nosotros mismos y en los demás la voluntad de asistir a ese espacio vital donde se concreta nuestra condición humana, que es interactuar con nuestros semejantes. En las grandes ciudades la vida cultural siempre es más rica, pero ello no excusa al municipio, a la comunidad, a la pequeña institución, al promotor natural o profesional, y mucho menos al propio individuo, de intentar cuanto esté a su alcance para fomentar y educar el gusto, propiciar espacios, convocar voluntades, promover lo mejor de cuanto hemos podido acumular en estos siglos de forja y combate, para que la cultura cubana, como una inmensa cordillera, siga a la vez hundiendo sus raíces en la profunda tierra y empinando sus cumbres hacia el Sol.

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