¿Desarrollo...? ¿Quién se beneficia?

Autor:

Nyliam Vázquez García

La evolución de la especie no ha sido suficiente para evitar una y otra vez el error. Lo mismo de persona a persona, entre los gobiernos y el pueblo o entre naciones, la capacidad de escuchar de nuestra raza queda en entredicho, mientras el mundo sigue patas arriba. En no pocos puntos del planeta grupos minoritarios de seres humanos luchan por no morir desangrados mientras el «desarrollo» intenta alcanzarlos u otros pretenden imponerlo. ¿Por qué será?

En Malasia, sus aborígenes conocidos por Orang Asli, preparan protestas en el intento de hacerse escuchar. Ya a principios de este año, unos 5 000 indígenas se manifestaron contra el proyecto de ley que podría despojarlos de sus tierras ancestrales y, aunque supuestamente obtengan beneficios, según lo entienden otros, para ellos se trata de la sobrevivencia. Defienden el derecho a continuar sus vidas como siempre.

Según trascendió en un artículo publicado por IPS, con la ley los indígenas perderían casi 80 por ciento de sus tierras, que luego se usarán para construir nuevos poblados, proyectos industriales y recreativos, incluidas fábricas y terrenos de golf.

Los Orang Asli, aunque solo representan el 0,5 por ciento de los 27 millones de habitantes de Malasia, constituyen 18 tribus, la mitad de las cuales siguen viviendo en la selva o cerca de esta, con la cual tienen una especial relación y de la que toman solo lo necesario. Otros grupos son seminómadas.

Sin embargo, autoridades del país sostienen que la pobreza (casi un 77 por ciento de esa población) hace «necesaria» la nueva ley.

Sospechosamente, todavía no se conoce el texto íntegro del proyecto, pese a que está previsto presentarlo al Parlamento en diciembre, para ser aprobado en enero y promulgado en marzo de 2011.

Por un lado, para los nativos significa desplazamiento y abandono de sus tierras y modos de vidas ancestrales y para el Gobierno se trata de que unas 30 000 personas tengan un hogar en un territorio de entre 0,8 y 2,02 hectáreas con palmeras aceiteras para sostenerse.

«Queremos saber por qué no nos consultaron antes. Si se aprueba nos sacarán las tierras, destruirán nuestra cultura y nuestro patrimonio. Nos obligarán a vivir de pequeñas parcelas de tierra que no son sustentables», dijo a IPS la líder indígena, Tijah Yok Chopil.

«Vivimos en simbiosis con nuestra selva. Con el nuevo plan, sucumbirá bajo la motosierra », explicó.

Una visión bien distinta tiene  el ministro de Desarrollo Rural de Malasia, Shafie Apdal, para quien se trata de una evidente oportunidad de mejorar.

«Podrán tener una vida moderna, una casa con comodidades, un automóvil y televisión, además de ingresos de la palma aceitera. Nuestra política es para integrarlos a la sociedad y que disfruten de los beneficios del desarrollo», aseguró en una entrevista reciente.

Un sinfín de posibilidades, pero al parecer nadie se detiene  a escuchar lo que realmente quieren y necesitan los Orang Asli: su selva.

Si ellos no se benefician con el desarrollo, ¿quién lo hace entonces? Ese podría ser el pretexto perfecto para que otros se embolsillen los millones de los ambiciosos proyectos de infraestructura. A esta altura está claro que ninguno de los aborígenes estará calificado para jugar golf, tal vez ni siquiera para recoger las pelotas que rueden por el verde césped artificial.

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