La lozanía de un cuarentón

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Por estos días un buen «amigo» doblará la curva de las cuatro décadas y, sin ánimo de sentirse suficiente, ni grande, ni perfecto, merecerá unos minutos para mirarse frente a ese espejo de trazos humanos que desde hace algunos años le presta día a día a sus fieles seguidores.

De seguro al pararse ante el sensible cristal notará ciertas canas, ya que el almanaque no pasa por gusto, pero al instante entenderá que esas marcas blancas no le anuncian para nada la ancianidad. Al contrario, denotan su madurez y acaban haciéndonos pensar en un mozo cuarentón que ha sabido conjugar las nobles locuras de los veintiañeros con la experiencia de un hombre de casi 50.

Pero no imagine usted, querido lector, que en esta ocasión tan especial vengo a platicarle de un camarada cualquiera, sino más bien de alguien, a veces sabio, a veces místico, a quien siempre agradeceré haber conocido.

Me consta que es modesto, sincero, que no por «vestirse» a la usanza de la capital de los cubanos, deja de portar la esencia íntegra y diversa de una Isla que late en su cuerpo empapelado.

Y en ese croquis amplio que va de punta a cabo, de la loma al llano, de la escuela a la fábrica, de la casa a la tierra, de vecino a cubano, emerge, con lo mucho que falta y lo mucho que aquí sobra de nuestra vida con todos sus matices.

Me consta, y hasta me impulsa, el particular desvelo de mi buen «amigo» por esbozar el pensamiento complejo y único de quienes somos, en la diversidad de una tierra que nos une, una juventud de inolvidables tradiciones y dotada de múltiples estampas.

Abundantes son las muestras, humanamente entintadas, de que mi noble «compadre», al igual que esa tropa apasionada que lo anima y lo echa a andar con rostro de papel y por los mil vericuetos de la internet, sonríe y sufre como mismo lo hace Cuba.

No pocas veces sus planas han transfigurado en palabra escrita el estremecimiento de ese coterráneo de a pie que se preocupa con razón por la estrechez de su bolsillo cuando se acaba el mes, o se debate en el mercado ante lo exorbitante de algunos precios, o comprende el valor de girarnos hoy hacia la tierra, o sabe de ese imperativo tan implorado de que la productividad ocupe nuestras empresas.

Y es que Cuba, la Cuba de hoy y del futuro, acaricia el espíritu de una juventud rebelde. Y Juventud Rebelde, ese periódico amigo que nos acoge feliz en sus 45 años, resulta Cuba en esa dimensión inquieta, siempre en movimiento, reveladora de que siempre se puede hacer más.

Cuba y Juventud Rebelde son una creación mixta entre la expresión y la realidad, entre el joven recién graduado que llega como yo y el veterano que le enseña. Son el desvelo del concierto y la película de ayer, el amor y la novia que se busca o nos queda, la idea dándonos vueltas en la cabeza, y un sentimiento de afecto que, junto a la auténtica palabra, nos pide poner punto… y seguido.

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