Menos oficinas, más casas

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Si existiera el indicador de metros cuadrados de oficinas por habitante, quizá nos sorprenderíamos con el área que ocupan las funciones burocráticas y administrativas, en un país con un fondo de vivienda tan deficitario. Dedíquese a andar La Habana con esa mirada, y concluirá en que merecen estudios las capacidades espaciales de organismos, instituciones y organizaciones; que en muchos casos ocupan residencias y edificios, concebidos originariamente para fines habitacionales.

No subvaloro la necesaria infraestructura que requiere una entidad para sus funciones directivas, ni deliro soñando con consejos de dirección bajo una majagua. Pero muchas entidades nacieron sobredimensionadas, con plantillas infladas, y buscaron los espacios para tales holguras.

Ahora que Cuba ajusta su fuerza laboral, debiera pensar en desinflar también sus estructuras de dirección. De seguro aparecerían locales subutilizados que podrían cederse para su reconversión en viviendas.

Ha habido intentos. Pase por la antigua Nacional de Espejos. O por Príncipe 139, en Centro Habana: un local que la Unión de Jóvenes Comunistas entregara y fue readaptado con todas las condiciones, para diez viviendas. Cuántas familias se beneficiarían, de generalizarse esta voluntad, con la cantidad de locales estatales cerrados y sin ningún uso, que a la larga languidecen.

Cada vez que desaparece una entidad, o si se traslada a un sitio más ajustado a sus necesidades, esas capacidades pueden ser entregadas para engrosar el fondo habitacional. Muchas son antiguas residencias, con las infraestructuras mínimas. Requerirían transformaciones módicas, con el aporte y el concurso de los beneficiarios, y bajo la rectoría de proyectos arquitectónicos funcionales.

La reconversión de locales en viviendas es bastante antigua en este mundo. Hasta en países desarrollados, se hacen maravillas en convertir fríos espacios en verdaderos hogares para familias de módicos ingresos.

En 2008, una investigación multidisciplinaria del Polo de las Ciencias Sociales promovida ante los desastrosos efectos de los huracanes en Cuba, delineó, entre otros objetivos, alternativas para enfrentar las secuelas en el fondo habitacional. Y proponía generalizar la reconversión de locales en habitables.

Los investigadores percibieron otro filón en la paradoja que representa la desigual estructura poblacional de las viviendas: el tamaño promedio del núcleo familiar cubano ha disminuido. Ya el Censo Poblacional de 2002 revelaba un dato elocuente: 81 794 cubanos vivían solos en viviendas de cinco piezas o más; y también muchas casas de esas dimensiones albergaban apenas dos residentes.

Los investigadores proponían la conveniencia por parte del Estado, de comprar algunas de esas casas a sus propietarios a precios que estimulen la venta, dándoles viviendas pequeñas y confortables. Y luego acondicionar las adquiridas, sobre bases técnicas fundamentadas, para convertir cada una en dos o más, para familias con grave situación habitacional. Los analistas sostenían que con lo que se construye una casa, se reparan tres.

Lo que no decía el estudio es la manera tan enrevesada en que las regulaciones en torno a la vivienda han entorpecido que casas con grandes dimensiones puedan ser permutadas por pequeñas, de manera que la familia que vive holgada se reduzca si lo desea, y la hacinada gane espacio.

Al final, el manejo flexible de todas estas alternativas no solucionaría el grave déficit habitacional de Cuba; pero al menos atenuaría la gran deuda habitacional del país. Por ahí puede haber reservas insospechadas. Es preferible apretarse algo para trabajar, si unos cuantos de esa manera pueden tener un techo.

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