La catedral dormida

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

¿Librería o almacén? Más que una interrogante, esas tres palabras conforman una disyuntiva. Uno se adentra en la librería y allí encuentra volúmenes de las materias más disímiles. Desde literatura hasta ciencias políticas sin pasar por alto las biografías y hasta libros de las editoriales provinciales. Casi todos los que alcanza mi vista poseen un denominador común: son textos que llevan un tiempo largo sin venderse.

En los últimos años se ha observado esta situación en esos recintos culturales. Llega la Feria del Libro con su oleada de ejemplares y cuando concluye, en ellos queda un alto número de volúmenes, que en ocasiones se unen con los que vienen al año siguiente. Así, se aglomeran los tomos con la sensación de ahogo y la pregunta en cuestión: en verdad, ¿en Cuba se lee?

En nuestra opinión, la respuesta es sí y no. Se lee y se valora la lectura; aunque no en la cantidad de personas y a veces en los sectores que se quisiera. Se busca el libro y la novedad editorial; pero no con la fluidez ni la promoción ni el estímulo que muchos cubanos desean.

Es muy real que, a nivel de población y comparado con otros países, el nivel de lectura en Cuba es alto. También es mucha verdad la existencia de una voluntad política e institucional dispuesta a estimular el acceso al libro. Solo así es explicable la disminución paulatina de ciertos precios y el aumento progresivo del número de ejemplares en comparación con los años duros de la crisis de los 90.

Sin embargo, no es menos cierto que, con respecto a la década de 1980 y por razones muy explicables, hoy existe una brecha en el hábito de leer y en las posibilidades de adquisición del libro dentro de la población cubana. Un número significativo de jóvenes nacidos después de 1990 no tiene incorporada la lectura como una de sus inquietudes vivenciales.

Esas situaciones y otras conforman la complejidad en la que debe desenvolverse el movimiento editorial cubano y sus intenciones de mantenerse como un fenómeno auténticamente popular. No obstante, tal vocación se ve lastrada por la falta de promoción sistemática integral y el no tener en cuenta comportamientos y situaciones coyunturales del público, los cuales influyen en la adquisición de un volumen.

¿Se ha pensado, por ejemplo, en realizar una promoción de libros cuando las personas tienen posibilidades reales de adquirirlo (pienso, por ejemplo, en los días iniciales del mes, cuando muchos trabajadores cobran sus salarios)?

Por otra parte, se hace problemático estimular el hábito de la lectura —o al menos crear una curiosidad por un libro— cuando pasan los días y las librerías se mantienen en su letargo de almacenes con baja rotación de inventarios.

Porque cabe preguntarse, a partir de lo que allí se ve: ¿dónde se encuentra la tertulia en sus portales?, ¿dónde están los Sábados del Libro convertidos en una reliquia de todo el país? Si libros de autores valiosos fueron favorecidos por una rebaja sustancial de precios —gracias a una lúcida y coherente decisión institucional—, ¿entonces por qué no se realizan presentaciones sistemáticas con ellos y con todas las de la ley?

Una de las dificultades que bordean al libro cubano es la formalización de sus espacios. Llegan la Feria o las Noches de los Libros, se produce la agradable fiebre para luego caer en un letargo durante la mayor parte del año. Y lo que debiera ocurrir es todo lo contrario. Esos dos eventos no son el punto final sino el de partida para multiplicar las presentaciones y la fiesta que supone todo acto verdadero de lectura. Pero ello supone, en primer lugar, romper el letargo de rutina que envuelve a las librerías. Porque, en definitiva, ellas no son almacenes sino catedrales del conocimiento. Catedrales que no deben permanecer dormidas y sí bien despiertas.

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