Haití: era solo cuestión de cumplir

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón

HAITÍ vuelve a acaparar titulares. Es triste afirmarlo, pero esa empobrecida nación solo ocupa grandes espacios mediáticos cuando se recrudece la tragedia que viene arrastrando por siglos. Ya sea por los ya casi incontables desastres naturales que la han azotado, por desequilibrios internos o, como ahora,  por la terrible epidemia de cólera que la flagela. En menos de un año un terremoto y un brote del mortífero virus. Con solo meses de diferencia vuelve Haití a sentir el triste sabor de la muerte.

Pero se podía haber evitado, sin dudas. Era solo cuestión de cumplir con aquel compromiso del que tanto han hablado los denominados «países donantes» y que en los últimos meses han ocupado tiempo de su «preciada agenda» para reunirse y adoptar responsabilidades que no han consumado y parece no van a cumplir.

Luego del terremoto del 12 de enero pasado que dejó 250 000 muertos y millones de personas al desamparo, el Gobierno haitiano estimó que serían necesarios más de 11 500 millones de dólares para reconstruir el país en un plazo de diez años.

En marzo, en una cumbre convocada por la ONU, se acordó una asistencia de 5 300 millones de dólares en los próximos dos años, cifra que asciende a 9 900 millones en una década. Iguales promesas emergieron en junio durante una cumbre mundial por el futuro de Haití, desarrollada en Punta Cana, República Dominicana.

Pero lo cierto es que nueve meses después del sismo, ese país ha recibido solo el 19 por ciento de la asistencia prometida para este año, suma que asciende a poco más de 506 millones de dólares, monto insuficiente para enfrentar el inmenso trabajo que incluye, al menos, la construcción de viviendas para el millón de ciudadanos que vive en tiendas de campaña en condiciones miserables y sin apenas acceso al agua potable; terminar de recoger escombros que aún quedan en las calles y reparar los sistemas sanitarios que colapsaron tras el temblor, así como los de depuración de residuos, ya poco fiables incluso antes del desastre.

Todas estas inhumanas condiciones de vida constituyen caldo de cultivo para que emerjan epidemias, que tras el terremoto y con la ayuda de los más de 800 médicos cubanos que permanecen en el lugar, hasta ahora se habían logrado evitar.

Luego de más de un siglo de erradicado el cólera, hace una semana se registró el primer caso en la ciudad de Artibonite, atravesada por el río homónimo, principal foco de contaminación, y a donde fue a parar el mayor número de desplazados a causa del desastre de enero pasado.

Esta zona pobre, rural, a pocos kilómetros al norte de la capital Puerto Príncipe, escapó al terremoto de enero, pero ha tomado todo el peso de la epidemia de cólera que ha cobrado ya más de 300 vidas y amenaza con tomar muchas más.

Pero la incógnita está en la manera en que se infectó el río. El presidente haitiano René Preval afirmó a inicios de esta semana, durante un recorrido por la zona afectada, que la epidemia fue «importada», pero se abstuvo de identificar su procedencia. «Sería irresponsable y peligroso» identificar a un país o nacionales de algún territorio como fuente de la epidemia, apuntó entonces.

Quizá dentro de algunos años por algún lugar de este convulso planeta, alguien levante su voz para «pedir disculpas» por haber inoculado el brote en esa nación del Tercer Mundo, como ocurrió a inicios de octubre, cuando Estados Unidos se lamentó profundamente por estudios realizados entre 1946 y 1948 en los cuales investigadores médicos norteamericanos infectaron con sífilis y gonorrea a cientos de guatemaltecos, incluidos pacientes de instituciones mentales. Prácticas antiéticas y despreciables, sin dudas.

Haití se muere lentamente y la comunidad internacional tiene su parte de culpa. Hoy el cólera, mañana no sabemos lo que puede pasar. La situación en el país es en extremo compleja y no basta con millonarios ofrecimientos, se necesita voluntad de ejecutar y tender realmente la mano.

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