El faro de la ética - Opinión

El faro de la ética

Autor:

Julio Martínez Molina

El tejido psicológico del cuerpo social se modifica de forma progresiva. Los traumas, así como los avances o saltos de calidad de cada época, estampan inevitablemente huellas y mutaciones en la expresión de cada etapa.

Si bien no puede tomarse como rasero de la salud de dicho cuerpo social a patrones provenientes de tiempos, costumbres y valores idos, quizá se pueda establecer aproximaciones desde el análisis de conceptos eventualmente maleables pero de esencia eterna, a la manera de lo correcto y lo erróneo, lo cívico y lo asocial, lo humano y lo animal en el sentido primario…

Es que el hombre siempre va a necesitar del discernimiento, porque de anularse los juicios difícilmente hallaría un faro que brinde luz cuando las fronteras éticas parezcan difuminarse en el mar de incertidumbres donde navega la especie.

No habría caso para la continuidad de la enseñanza a los más nuevos, y seríamos incapaces de aquilatar los legados generacionales.

Y sin deseos de emular a Perogrullo, es más que obvia la necesidad de instalar unos cuantos de tales faros, y no solo sobre ese escenario internacional de cuyos cimbronazos y cegueras a diario sabemos por la prensa.

También en el espacio donde habita el ciudadano cubano actual, la casa, la calle, las instituciones, centros laborales, cuadras… el hecho público en general, pero en lo fundamental el primero: ese epicentro connotativo donde por momentos pareciera que se nublan las nociones éticas más cristalinas en torno a lo reprochable en materia de actitud.

Estos desplazamientos guardan vínculos con factores externos e internos, los cuales inciden sobre el deterioro de filosofías de vida muy asidas al patrón de lo material, vaciadas de una espiritualidad que muchos creen no poder encontrar en medio de las cotidianas urgencias materiales. Mas, nunca será tarde para hallarla, junto a la cultura, la cual no nos hará más solventes pero sí más reacios a sucumbir a las grisuras de esta época.

Lo peor de su ausencia radica en la especie de calma chicha en medio de la cual esa parte —por fortuna aún determinante— de seres comprometidos con preceptos morales claros por justos, lúcidos por humanos, quedan sumidos al permitir la expansión y entronización de tonterías, vicios, lacras, costumbres, mentalidades y vulgaridades que en un momento determinado podrían afectarlos, pese a que en su surgimiento los ignoraron o sortearon.

Entre aquellos eufemismos del período especial (luchador por delincuente, jinetera por prostituta, el peso por dólar… polvo del cual salieron no pocos de los lodos actuales) a los presentes hoy en el vocabulario, solo median las atemperaciones de las circunstancias. Igual portan el mismo signo ocultador del cariz o la real esencia de hechos, procederes o modos de vida censurables.

No hablar de ello no les tiende sábanas de invisibilidad. Más allá de las medias tintas, el verbo tácito o el supuesto de que aquí todos seguimos siendo iguales supone aceptar la dimensión adquirida por quienes representan verdaderos estandartes de lo involutivo desde cualquier ángulo de visión, tanto como ver el nocivo nivel de las influencias negativas o anulaciones morales gestadas a su vera. Amén de la apatía para contrarrestarlas.

Cuando la nación no cesa de debatir sus urgencias, no estaría de más repensar entre todos no ya cómo recuperar candores y noblezas, sino los modos de reafirmar que, en el proyecto de vida de este pueblo, seguirá ardiendo el candil ético que alumbró el camino de nuestra identidad.

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