La fiesta real - Opinión

La fiesta real

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIRO REDONDO, Ciego de Ávila.— La Historia no se enseña con monólogos interminables de un profesor. Tampoco se aprende en una clase fría y formal, y mucho menos sin el estímulo a la curiosidad. Esto último, por supuesto, es una obviedad que vale para cualquier conocimiento. Pero resulta que ella es una obviedad pasada por alto.

En ese conflicto —entre lo obvio y lo real— se meditaba mientras transcurría la asamblea de los pioneros en la ESBU Felipe Poey Aloy, del municipio avileño de Ciro Redondo, y los muchachos mencionaban sus inquietudes con la Historia. Esas clases se catalogaron —no solo por esos alumnos sino por otros en distintas asambleas— de aburridas, en ocasiones insustanciosas y más propensas al sueño que a la actividad; pero, ¿y por qué?; ¿cómo convertirlas en lo contrario?

Los propios muchachos daban la respuesta. Al igual que otros compañeros, Yamila García Pérez, de 7mo. grado, y el joven Jesús Gabriel, de 8vo., mencionaban la necesidad de salir de las aulas y visitar los lugares históricos y el  museo del municipio, este último un recinto sobre el que existen muchas inquietudes, pero al parecer es poco frecuentado por los alumnos.

«Aunque sea una vez al mes debiéramos recibir una clase en el museo o en algún lugar histórico —señaló Jesús Gabriel—. Aquí tenemos el fortín de la trocha y los campos de La Norma, donde el Che cortó caña. Esos lugares pudiéramos visitarlos».

El conocimiento de la Historia se conecta con varios temas de la asamblea: el aprovechamiento del estudio y la falta de interés por las informaciones de carácter nacional e internacional, unido al poco hábito de lectura.

La pionera Catherine Peláez reconoció que un grupo de sus compañeros no ven el Noticiero. Las alumnas María Mercedes Morfeo Pascual y Daniela Pérez señalaron la necesidad de buscar otras vías para estimular el interés por las informaciones y todo lo que conlleva a adquirir un conocimiento más general.

Otros delegados de grupos mencionaron las propuestas de debatir una noticia en el turno de clase y otros, la necesidad de amenizar los matutinos y efectuar evaluaciones que midan el conocimiento de los jóvenes sobre la actualidad informativa y sus niveles de lectura.

Todo eso puede estar bien, sin embargo no se cumpliría con la intención deseada si se olvida que, tanto el Noticiero como la lectura, no son juegos pero tampoco pueden verse como una camisa de fuerza. Ningún joven lo verá o al menos lo disfrutará, si no se le estimula la curiosidad por el saber.

Por eso nos parecía muy válida la propuesta de los alumnos de desarrollar actividades extradocentes como el Escriba y Lea, el Encuentro con Clío o la competencia de lecturas con temas afines a los adolescentes. Las clases nunca serán verdaderas, a menos que ellas se conviertan en lo que deben ser. Una real y auténtica fiesta del saber.

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