Los amigos de Pinocho

Autor:

Luis Luque Álvarez

Todos nos sabemos la historia: Pinocho y una multitud de muchachos majaderos que no querían ir a la escuela, se fueron a una ciudad de placeres, donde todos los caprichos se cumplían. Pero de pronto, cuando comenzaron a convertirse en asnos, vieron que aquellos que horas antes los invitaban a los deleites, eran quienes empujaban a los niños a las jaulas y se los llevaban para venderlos…

Me viene a la mente el cuento porque a Irlanda la están amenazando con meterla en la jaula en la que ya está presa Grecia (a Portugal ya le están saliendo cascos y alargándosele las orejas). Pasó la época del gozar, del fácil crédito millonario, del «no hace falta regular; el mercado se regula solo», y ahora vienen el Fondo Monetario Internacional —el organismo más entusiasta de no regular nada— y la Unión Europea, a dictarle a Dublín lo que tiene que hacer.

Como otras de las economías pequeñas de la UE, la de esta isla ha sido fuertemente golpeada por la crisis financiera. Su estrecha conexión con la economía estadounidense ha sido espada de doble filo. En los años 90, los bajísimos impuestos a las compañías extranjeras —además de una fuerza laboral bien entrenada, con remuneración moderada, y anglófona por más señas— motivaron a las norteamericanas a plantarse en el país de Enya y hacer de una nación agraria un emporio de la alta tecnología (en particular, de la informática). Según la publicación especializada estadounidense Tax Notes, a principios de los 2000 Irlanda resultó ser el país que más beneficios aportó a las empresas de EE.UU.

¿Qué pasó entonces? Pues que cuando la economía del gigante se sacudió y se frenó el consumo, y la Casa Blanca la emprendió con rescatar bancos y más bancos en riesgo de quiebra, la pequeña Irlanda sintió los remezones. Uno a uno, los principales bancos locales, que habían jugado con los ahorros de la gente, marchaban hacia el precipicio, y el Gobierno decidió —¡tadán!— salvarlos con dinero público y de privados. Para ello se endeudó aun más y aumentó su déficit fiscal (más gastos que ingresos), «olvidándose» de que, dentro de la Unión Europea, hay límites en estos índices, pues tienen una moneda que preservar: el euro.

Ahora Dublín estira, encoge y amaga con la posibilidad de tomar o no la ayuda que le ofrecen desde Bruselas, pues sabe que con la zanahoria viene el palo. Grecia, para no hundirse en el Mediterráneo, debió aplicar unos recortes públicos leoninos, exigidos por la UE y el FMI, y cada tres minutos están enredados los manifestantes con los policías en Atenas, mientras el gas lacrimógeno pone a llorar a la gente más que una escenificación de Medea.

Los irlandeses dijeron que no, que no había necesidad de los 50 000 millones de euros de ayuda de los que todo el mundo habla, sin embargo, a esta hora hay expertos del FMI y la UE conversando bajito con sus anfitriones en Dublín, y en Bruselas aseguran que el préstamo puede estar listo «en días».

También el Reino Unido, a donde va a parar el 18 por ciento de las exportaciones irlandesas, y que garantiza el 37 por ciento de las importaciones de la isla, tomará cartas en el asunto. Londres le tiene tanta tirria al euro como el gato al agua, y no le pasa por las mientes adherirse a la moneda única ni en mil años, ¡pero no es como para dejar que semejante mercado se derrumbe ante las narices inglesas! —además de que sus bancos, junto con los alemanes, son los que tienen argollada a Irlanda—, así que apresta la billetera, mientras se regodea en presumir de lo atinado que ha sido mantenerse apegada a la libra esterlina.

Y claro, la ayuda de los demás no vendrá sin que el Gobierno irlandés  presente un plan «de ajuste», que ya se anuncia: Dublín va a meter la tijera a 15 000 millones de euros del gasto público en cuatro años, para poder bajar el déficit al nivel fijado por la UE: el tres por ciento del PIB. Hoy se prevé que Irlanda cierre el año con ¡32 por ciento! Se nota la diferencia, ¿no?

Desde la jaula, los muchachos que antes se reían de lo lindo, ven los rostros inflexibles de los que hoy exigen orden. Solo les queda cumplir…

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