¿Normales los felices?

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Recuerdo, como si lo estuviera mirando al pie de la escalera de la funeraria, en Bahía Honda, a aquel ser extraño, recubierto de una mugre histórica, que venía a despedirse de mi bisabuelo Jesús. Ese color tiznado fue el que le vi siempre, inseparable de su mascada de tabaco y del doblez que ya los años y el maltrato le habían emborronado en la espalda.

El viejo Jesús, sin muchas letras, pero con un código recto del honor y la amistad, y María Luisa, su compañera de vida y de muerte —pues tanto se amaron que partió ella y a los tres meses él la siguió—, habían acumulado el raro privilegio de ser anfitriones de cuantos indefensos pululaban en San Cayetano.

Aquel que confundía los gallos de medianoche con los de la madrugada, y se comía un plato de comida en cada casa; la otra en cuya cabeza anidaban como manadas los piojos; el que armaba una fiesta de niño cuando podía acompañar a alguien para cantar una ranchera mexicana; y los que ya se desdibujan entre el polvo del olvido, llegaban a la casa de mis bisabuelos como a la suya propia. Tomaban su café, encendían su tabaco; sabían que en aquellos horcones tenían ellos, también, dónde apoyarse.

«Felices los normales... /Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,/ Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,/ Los que no han sido calcinados por un amor devorante,/ Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más», escribió Retamar en poema memorable.

Felices, sí, o al menos con la felicidad de no verle las arrugas más feas a la existencia: esas que obnubilan el sentido mismo sobre la tierra y nos cuelgan ante los demás los crueles motes de «locos», «bobos», «churrosos», «anormales».

¿Por cuál torcedura de la razón se les fugó la sonrisa a quienes vemos en un portal, mutilados de afecto, pidiendo? ¿Dónde cayó el caramelo de la alegría de los que andan indefensos a la espera de que el amor o la maldad de otros les decidan el trillo?

¿Cuántas y cuántas veces, vamos por ahí y los maltratamos, sencillamente, porque con ellos, todo no salió como la biología humana prescribe?

¿Se es completamente bueno cuando se sabe sin remordimientos que en cualquier pueblito, algunos no distinguen lo que es ser queridos, algunos no intuyen la salvación de una caricia, algunos conviven en la orfandad mayor esperando un rayo justiciero, algunos extravían el alero donde pasar la tempestad?

¿Por qué andan en las calles y se mezclan con el asfalto oscuro seres que como tú y como yo merecían dormir sobre la sábana inmaculada? ¿Con qué derecho nos creemos afortunados, si otros cargan el sufrimiento que tal vez era para nos, como pagando todas las culpas del egoísmo?

Cierro los ojos y me parece estar viendo a aquel hombre manchado, de fidelidad radiante, que fue a despedir a mi bisabuelo. No tuvo aire para subir los peldaños de la funeraria. Pero estaba allí. En su no vida sabía, al menos, que el viejo Jesús lo quiso.

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