Retirada flexible

Autor:

Nyliam Vázquez García

Tal vez para los afganos la retirada de las fuerzas ocupantes sea una quimera, pero ellos tienen que fijar fechas. Los contribuyentes se inquietan, y a medida que aumenta el caos para quienes verdaderamente viven y sufren el conflicto, crecen los opositores de esa guerra sin sentido. En la cumbre de la OTAN que comienza hoy en Lisboa se discutirá el necesario «calendario». Claro, urge acallar las voces, ganar tiempo.

Sin embargo, en las jornadas previas a la cita el secretario general de la Alianza, Ander Fogh Rasmussen se apresuró en apostillar: «Seguiremos allí todo el tiempo necesario. Hasta cumplir la misión». O sea, habrá plan de retirada, pero lo suficientemente flexible para asegurar los intereses de las potencias involucradas en un conflicto iniciado en 2001. Incluso, prefieren que se le llame al proceso «transición», a fin de cuentas retirarse es «perder» y tampoco pretenden irse.

EE.UU. y sus aliados tienen previsto terminar las «operaciones de combate» para 2014 —eso es parte de lo que se discutirá en la cumbre—, y a imagen y semejanza de Iraq, luego de esa fecha quedarían unos 50 000 efectivos en la nación centroasiática (de los 150 000 que tienen allí) para «apoyar» en la instrucción de los soldados y policías afganos. Ni se van ni se quedan, una solución conveniente para todos y perfecta para confundir y sacar más lasca.

Los incrédulos —incapaces de ver el «brillante futuro» de esa operación— tendrían una fecha tope para que terminen o disminuyan los gastos que ahora mismo le cuestan a EE.UU. y a Europa más de 100 000 millones de dólares al año, aunque sigan en el intento de controlar el destino de Afganistán. Se irán un puñado de soldados y desembarcarán los contratistas, y por todo ello, como en Iraq, se brindará con champán.

El plan debe ser aprobado por los 28 jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN, reunidos en la capital portuguesa con los otros diez participantes de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF), más Japón como contribuyente financiero. Pero lo más importante es que no se trata de un compromiso serio y definitivo, sino de un proceso continuado, no estrictamente supeditado a un calendario —aunque es bueno tenerlo— y que se irá desarrollando según las circunstancias. «Mientras más ambiguo, mejor», pensará el Pentágono.

A fin de cuentas, el compromiso con la seguridad de ese país no termina, y la asociación estratégica que pretenden implica la continuidad de la formación y entrenamiento de los pequeños «monstruos», esos que son capaces de matar y torturar a su gente, tal y como les enseñaron sus maestros. En la actualidad, Afganistán cuenta con unos 265 000 uniformados propios y el objetivo es llegar a los 350 000 en 2013, para lo que hacen falta, por supuesto, nuevos instructores «aliados». La ISAF calcula que necesitará unos 2 000 más, de ellos «450 antes del verano y otros 450 para finales de 2011», según Rasmussen. La historia de nunca acabar.

Mientras, el títere que Washington colocó en la presidencia de ese país también les está dando problemas a los ocupantes, o por lo menos se está saliendo con alguna frecuencia del guion pactado. Hamid Karzai ha arremetido con fuerza últimamente contra la presencia de los soldados estadounidenses en el país, en especial por las mortíferas operaciones especiales nocturnas, causantes de muchas víctimas inocentes.

«Los afganos no quieren que haya por ahí constantemente 100 000 o más soldados extranjeros», dijo el presidente hace poco.

Es cierto, y Washington y sus aliados tomaron nota: tendrán fecha de retirada (provisional, ya sabemos) y serán menos. ¿Qué más pueden pedir los afganos? ¿Qué importa que la paz no conste en la agenda de la cumbre de la OTAN? Vender el sueño de marcharse tampoco está nada mal, al menos para algunos.

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