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Emparaguados o ensombrillados

Autor:

Enrique Atiénzar Rivero

De vivir el escritor y periodista Enrique Núñez Rodríguez, quién sabe cuántos cuentos sacaría de su anecdotario para —desde la intimidad pública— compartir la suerte con el empalagoso carretonero que, con aires de hombría, mezclados de tosquedad, puso en duda la masculinidad de aquel sesentón que circulaba con un paraguas por una de las calles de la ciudad, para protegerse de la intensidad del abrasador sol.

Los individuos como el mencionado carretonero son personajes ignorados que apelan a gracias de mal gusto para atraer público. Por lo general son entes que pasan inadvertidos como una aguja perdida en un pajar.

¡Qué chasco se hubiera llevado el carretonero si el «emparaguado» —deseos no le faltaron— hubiese logrado acceder a un transporte ligero, caerle atrás, retarlo o, por el contrario, denunciarlo en una unidad de la Policía por faltarle el respeto y herir su honor ante los ojos de varios transeúntes!

El Rey de los Cuentos, nativo de Quemado de Güines, ausente físicamente pero avivada y perdurable su creación artística entre nosotros, de seguro, y sin ofender al ilustre carretonero, le hubiera hecho saber, con el sello picaresco empleado incluso en momentos muy serios de debate del Parlamento, que si bien es verdad que los paraguas —abundantes hoy día— con los años llegaron a ser usados por damas elegantes, en forma de sombrillas de encaje, seda y puntillas, tuvieron su génesis en la lejana China del siglo XI, y fueron usados también por los asirios 600 años antes de nuestra era.

Leyenda o no, en los bajorrelieves de Nínive, en los frescos de las tumbas y los palacios de Tebas y Menfis, en los vasos pintados de Etruria y de Grecia, se veían siluetas de paraguas —o quitasoles, como también los llamaban— de hojas de árboles, pieles, cañas o telas. Incluso hay referencias que atribuyen divinidad al artefacto personal, símbolo de la protección de un poder superior.

En el Renacimiento el paraguas volvió a estar de moda, y con frecuencia su uso estuvo reservado a los caballeros que emprendían largas marchas a caballo.

En Inglaterra, ningún hombre que se dirija a su oficina sale jamás del hogar sin paraguas, enfundado y colgado del brazo, con la disposición de abrirlo al primer amago de lluvia.

Aunque, en verdad, personas como el susodicho carretonero no tienen por qué sentir pena ni acomplejarse por ser un «extraño» en época moderna. Se afirma que en la Edad Media la gente se burlaba de los que utilizaban los paraguas.

Son más necesarios que nunca por la real amenaza del agresivo cambio climático, causante de elevadas temperaturas, deshielo, daños a la capa de ozono, y de las intensas lluvias, que pueden ser burladas con ese medio tan de moda hoy, motivo de broma para el carretonero.

Emparaguado es, en Cuba, quien va con paraguas, ese útil medio. Es decir, que los paraguas llegaron para quedarse, aunque en un momento de jocosidad el humorista Ulises Toirac pudiera bautizar la nueva época con el nombre de Emparaguadicidio.

Entre supersticiones de quienes dentro de la casa no lo dejan abierto por temor a una desgracia, o no lo levantan cuando cae al suelo y prefieren que otros realicen la acción para no ser víctimas de la mala suerte, andan los paraguas en la era del conocimiento, de los viajes espaciales y de los internautas.

En fin, que en pleno siglo XXI, el carretonero debería aprender de estas historias y dejarse de alardear de su masculinidad, porque tal vez un día las riendas de su bestia estén guiadas, no por él, sino por un chicharrón, tostado por los efectos y la voracidad de los rayos infrarrojos.

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