Sueños cuerdos

Autor:

Osviel Castro Medel

Tal vez algunos dirán, mecánicamente, que me falta un tornillo, que se me aflojó una tuerca o, incluso, que me «fundí». Lo dirán porque ya otras personas, en los estertores de años pasados, pidieron deseos similares y fueron tildadas de ilusas.

Pero sé que siempre vale soñar y asumo que solo la insistencia puede horadar rocas como aquella de la que hablaba el Puma en una de sus canciones románticas.

Por eso, uno de mis sueños cuerdos en este 2011 es ver una disminución geométrica de esos que viven y mueren rajando de los demás, haciendo tirillas el pellejo de los demás, especialmente el de sus propios compañeros de trabajo.

En consonancia, aspiro a que la hipocresía incumpla por mucho su plan de producción y decrezca un 34 por ciento en comparación con igual período; es decir, respecto a este año. Y que el método cara a cara se expanda por valles y montañas... sin llegar al río.

Pido que los trapos sucios se limpien en lavadora de la conciencia colectiva. Que aparezca una vacuna invisible contra la indolencia y la pereza de algunos. Que venga una inyección letal contra los hombres-perro, esos que muerden con atropellos verbales en centros públicos.

Quiero que, al realizar cualquier trámite de Vivienda u otro por el estilo, disminuya de verdad el peloteo, el «ven mañana, ven pasado… ya no vengas».

Deseo que disminuya la tortícolis, padecimiento moderno que consiste en virar el cuello en las paradas. Y que merme otra enfermedad de estos tiempos: la vanidad de algunos que se creen cosas y no aterrizan nunca.

Aspiro a que la ortografía dé menores dolores de cabeza; que muchos más aprendan sobre Historia; que muchos menos se pierdan en la Geografía de sus vidas. Que la burocracia se convierta en un planeta extraño.

Pero también deseo, en otra cuerda, que esos seres humanos laboriosos que edifican una nación y una utopía sigan escribiendo epopeyas sin una molécula de autosuficiencia. Y que el trabajo, con la aplicación de necesarias fórmulas, sea brújula de millones y no burla de unos pocos «vivos».

Que los niños continúen riéndose cada mañana de los tomates verdes y del juego de la Peregrina. Que muchos, en las primeras clases, aprendan a escribir Patria, Bandera e Himno.

Que los abuelos mantengan la robustez de los círculos en los que ejercitan las bromas contra el tiempo; que la familia jamás se haga desierto y siga poblada de afectos, gozos y ternuras.

Ansío seguir viendo la tranquilidad de las barrigonas que compiten por los nombres únicos de sus hijos; que muchos continúen soñando a ser Omar Linares. Que cada día hagamos la fiesta del alma.

Que continuemos izando el estandarte de la resistencia y no nos zafemos de la garganta atragantada del buitre que quiere tragarnos hace siglos.

Que la sonrisa sea camino; que la libélula derrote al tiburón, el capullo se imponga a los cardos, el manantial venza a la ola salada de la vida.

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