De retozos posmodernos y otras «tonterías»

Autor:

Héctor Carballo Hechavarría

«Hola, qué tal, tengo el juego desde el día que salió y aunque ya lo he terminado solo he podido lanzar una bomba atómica en una misión, en el resto no da esa opción, ¿alguien sabe si se pueden lanzar más bombas atómicas?».

El anterior solo es uno entre la infinidad de mensajes que pueden leerse en los chats de cualquier sitio de Internet vinculado al jugoso mercado de los videojuegos para computadoras.

Ansioso por acrecentar el poder destructivo frente a sus contrincantes bélicos virtuales, el goloso jugador solicita los atajos para poder estallar sus artefactos nucleares en el modo de juego en red, pues ve que otros lo hacen, pero a él nunca le da tiempo alcanzar la puntuación necesaria.

Por la escritura de estos textos anónimos en busca de llaves para volverse inmunes a las balas o ampliar la indumentaria de combate, es difícil saber si se trata de una persona adulta, algún joven veinteañero o un menor de edad, en este último caso más preocupante si se consideran los efectos de consumir estos entretenimientos de carácter violento.

Pero es otro el pensamiento que me martilla. Tales «retozos» cibernéticos reflejan avatares del comercio internacional de armas, y entre los pertrechos de ficción que se sirven para el «esparcimiento» no faltan sofisticados y renombrados armamentos que se emplean lo mismo para echar una guerra por petróleo, desestabilizar regiones del mapamundi, que para perpetrar actos terroristas.

Lo curioso es que algunos de los juegos mejor puntuados cada año, consideran cada vez con más frecuencia y sofisticación la opción de emplear el arma atómica o nuclear para aniquilar zombis, monstruos, ejércitos o la imagen de «enemigos», quienes en buena medida resultan cada vez menos imaginarios y solapados.

Uno de los mayores atractivos que se elogió a «Call of Duty: Modern Warfare», fue precisamente el realismo logrado a la hora de escenificar los efectos físicos de una explosión nuclear.

Por esas coincidencias de la cotidianidad, apenas un mes antes de la salida del referido videojuego, el Comandante en Jefe Fidel Castro denunció los peligros de una posible conflagración mundial con empleo de ese tipo de arma si Irán fuese atacado por Israel y el Pentágono.

Alguien más «posmoderno» que yo podría espetarme que, en fin, juegos son, pero tampoco es menos cierto que la cifra de quienes ven esa posibilidad como algo remoto, apenas posible dentro de un videojuego de computadoras, es considerable.

Como pintan las cosas, solo me pregunto con sonrisa de neardenthal si llegará un día en que escuchar hablar a nuestros hijos sobre hacer estallar bombas atómicas o aniquilar presidentes de países soberanos resulte algo tan familiar como avanzar niveles en el popular Súper Mario o las Gallinas Invasoras.

Como una de esas perlas que desinflan la curiosidad, acabo de descubrir un sitio como Ground Zero (Zona cero), en el cual se puede constatar, sobre un mapa de satélite, cuál sería el radio térmico que alcanzaría la explosión de una bomba como la de Hiroshima o Nagasaki, si ahora mismo fuese lanzada sobre tu ciudad.

¿Quién quita que la costumbre de juguetear en realidad virtual con algo tan tenebroso e indecible como el arma nuclear no favorezca la expansión de esos torpes embelesos que hoy nublan el juicio para admitir la posibilidad real de su empleo, ya sea de modo accidental o intencional, para «solucionar» los gordianos conflictos de esta era?

Me lo pregunto con más asombro que el escaso rubor de ciertos usuarios de las redes sociales quienes, pasmosamente ingenuos, se confiesan conformes con el empleo «controlado», «en pequeña escala», de tales terroríficos artefactos, ya sea para poner fin a un  personaje como Bin Laden o como la receta para que sus paisanos uniformados puedan al fin regresar a casa. Como si a la fusión del átomo se le pudiesen poner demarcaciones; como si la muerte y la supervivencia de la especie humana fueran la última de las tonterías.

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