Mi sobrino

Autor:

Lázaro Jorge Carrasco

Mi sobrino ya tiene un año y «chiva» lo mismo que el día en que su abuelo lo trajo del materno municipal en un taxi desvencijado. Lo mismo que cuando su mamá, mi hermana, bajó del taxi con cara de no haber dormido en siglos, con un bultico fuertemente abrazado y, al poner el primer pie en tierra y alzar la vista, estábamos todos bajo el umbral esperando desde muchas horas antes.

Desde que la barriga de mi hermana comenzó a hincharse como un sapo envuelto en una gruesa capa de sal, los preparativos en la casa se tornaron más comunes que lavar la loza o hacer la cama al anochecer. Las palabras culero, biberón y tete tuvieron hogar en mi cabeza por nueve meses seguidos, y estuve tan al corriente de todo como si, en lugar de mi hermana, el embarazado hubiese sido yo.

Y viví también nueve meses incubando en mi cabeza, como mi hermana incubaba en el vientre, preocupaciones inexcusables que han palidecido sobre la marcha. Nunca me ha seducido la idea de compartir el cariño que mi familia me profesa: egoísmo de mi parte. Pero lo cierto es que en la vida, y en mi vida, viven cosas inevitables, reacias al soslayo. Esta es una de ellas. Pasé nueve meses, entonces, descascarándome en vano el cerebro, dilucidando cómo serían las cosas después de que mi sobrino estuviera entre nosotros, haciéndole la competencia al Pensador de Rodín y gastando más tiempo del necesario en especular que mi hermana, el oráculo más perfecto que mis desamores y contrariedades habían tenido jamás, amenazaba con reducir su tiempo para mí tras la llegada de mi sobrino al reino de este mundo.

El primer día en que estuve frente a la cuna del nene miré con recelo las sábanas, que en realidad no eran más que mi sobrino mismo, y escuché a mi hermana decir en voz baja, como quien quiere contar un secreto: «Está dormido, no sea que hagas ruido y lo despiertes». La miré a los labios y pensé, durante el tiempo en que me decía esa frase, en que la casa no sería más, por un buen tiempo, la discoteca transitoria en que la convertía mi música de los fines de semana.

Entre el silencio de la casa cuando él duerme, el alboroto de su voz cuando él grita y una que otra visita de los vecinos y amigos de la familia para ver los ojos azules en la cara de mi sobrino, ha pasado un año desde la noche del taxi. Un año en el que todos esperábamos con inquietud la confirmación de que mi sobrino no era mudo, porque hasta hace poco mi hermana no sabía cuándo diría «mamá». Un año en el que no han muerto mis esfuerzos frustrados por aprender a ponerle bien los culeros desechables y esperar a que se duerma entre mis brazos mientras dura el oficio de los sillones de madera que le traen el sueño. Un año en el que se han disipado mis preocupaciones, porque mi familia me quiere igual que antes y mi hermana sigue siendo el oráculo perfecto, aunque ahora escuche mis quejas y resignaciones con las manos hundidas en la jofaina plástica en la que lava, diariamente, los pañales de mi sobrino. Un año en el que he estado a punto de desesperar porque, aunque me vuelvo un papagayo repitiendo una vez tras otra la palabra «tío», parece que esperará a ir a la escuela para llamarme así. Un año, el año que necesitaba para aprender lo que hasta ahora la vida se había tardado en enseñarme.

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