Polo

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

ALGÚN día, cuando se me vaya de la cabeza aquella foto desolada, yo quiero escribir de Polo Montañez. No porque se cumpla un aniversario de su fogonazo vital en tierra pinareña o porque vuelva en número exacto el golpe seco que le hundió las nubes, sino por escribir de Polo. Como si le enviara una carta conversada o un chisme en letras a un amigo viejo.

Le diría que hay seres inauditos, tocados por el ángel súbito, que solo rasgan las tinieblas de un brochazo. Y que él era de esos, pues chispeó entre carbón de leña y guateques montunos casi toda su suerte, y subió al potro de la fama solo para trotarlo un rato y desbocarse.

Me gustaría ofrecer la mansedumbre de su apellido, Borrego, que junto al Fernando de pila evocaba al hombre sencillo que acepta la voluntad del otro. Y dibujar a su familia digna, de quimeras descalzas, que alzó entre pinos y arroyos la vecindad con los sinsontes.

Desearía verlo otra vez tocando sus «guajirancias» en el paradisíaco Hotel Moka, de su terruño, hasta que un fino oído reparara en que desgranaba bondad y belleza bajo aquel ropaje montaraz. Porque nadie, que se sepa, le había bajado «un montón de estrellas» a una muchacha, después de reconocer, sin miramientos, que en el amor «era un idiota».

Nadie, Polo, antes que tú, soltó el «¡alabao!» de Pinar del Río tan ligero y picardioso, con aquella risa silvestre, todavía amarrada a la yunta. «A qué cantidad de poetas/ se les llenan las gavetas/ de cosas interesantes que son verdad»...

Contigo no había confusión, guajiro. Porque no cambiaste la lírica cubana, ni innovaste haciendo música, ni fuiste más que un soplo bueno, pero qué remanso de cordialidad tus arrestos; qué cosa, viejo, qué cosa; para decir «si se enamora de mí/ quién sabe lo que pasaría».

Disfrutaría tanto garabatearte unos trazos, para comentarte que «donde el jején puso el huevo» tú nos guardaste una dicha. Y que los discos de oro y platino colombianos no eran más relucientes que la felicidad de oírte. Cofradía que en la Isla unió a los nuevos con los veteranos, a los parranderos con los circunspectos; a la gente sensible que puede redactar un beso con falta de ortografía, pero darlo con la mejor caligrafía del alma.

No sé, Polo, por qué siempre me supiste a nostalgia, entre tanta alegría. Tal vez por tu presentimiento de que el destino no iba a sonreírte ahora, «después de haber vivido tanto». Y busco entre tus canciones la seña de aquel grupito de jíbaros que armaste y sonaba como los dioses del café mañanero cuando seguían tu voz.

Todo era eso: seguirte. En ti no había academia musical, ni afán letrado, sino pura intuición de quien ara la tierra y canta, cobija su casa y canta, acaricia sus animales y canta...

Qué manera de cantar y encantar, compadre. Qué forma tuya de apretar las riendas con mano recia y acariciar las palmas con ojos niños. Por eso no podía durar la descarga, por eso tenía que borrarse de un sombrerazo la fiesta.

«La última canción que se me ocurra debe ser/ creo que debe ser romántica/ una canción sentimental que lleve tanto amor/ que bañe el corazón de lágrimas./ El último minuto de mi vida debe ser,/ creo que debe ser romántico,/ donde pueda decir la última verdad/ de amor, de desamor y desengaño».

¿Dónde guardaste la última canción, Polo? ¿Dónde la escondiste, que mientras te veíamos morir una semana entera, no pudimos encontrarla? ¿Dónde, si cada vez que te soñamos se nos escapa de nuevo?

Algún día, yo quiero escribir de ti. Pero ahora déjame olvidar la foto triste en tu casa vacía de Las Terrazas. Esa en la que miras a la cámara con una guitarra al hombro y parece que te estás despidiendo.

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