Que no caigan en saco roto

Autor:

Hugo Rius

Nada que se diga con sabiduría y buen fundamento ha de echarse en saco roto, porque más que desatinado sería desperdicio imperdonable. Lo señalo, inspirado en algunos juicios vertidos por la doctora María Dolores Ortiz en un programa televisivo de alta audiencia, con la fugaz instantaneidad propia del medio, y justo por eso y aunque hayan transcurrido semanas de exponer sus criterios merecen retomarse para continuar pensándolo entre todos.

Uno de sus puntos focales aludía a lo que con sobrado acierto describía como la falta, o si se prefiere la pérdida, de la «cultura del comportamiento», y que ejemplificaba con unas pocas pero contundentes escenas de la vida cotidiana, que hieren la sensibilidad y alarman en extremo por devenir corrientes y casi normas generalizadas. Quien más o que menos ha sufrido también la indiferencia cuando ha pedido permiso para transitar por una acera o pasillo bloqueado por un grupo de personas que en lugar de hablar vociferan con palabrotas, y peor aún si se trata de adolescentes, incapaces de escuchar y menos de atender una educada solicitud. O la supresión insultante del saludo de bienandanza con que se han de iniciar los encuentros, y por supuesto las Gracias que deben sellar el recibimiento de una información, un buen gesto, una gentileza.

Este es de los temas en los que hay mucha tela por donde cortar, sobre todo lo que daña y entorpece en el fluido crecimiento del tejido social. Y uno para empezar se siente tentado a preguntarse en qué eslabón generacional se rompió la cadena de transmisión de unos valores que por paradoja se mantuvieron en tiempos en que ni remotamente se disponía de las oportunidades de acceso a fuentes de enriquecimiento cultural proporcionadas en cambio en las últimas cinco décadas. ¿Será que muchos, enfrascados a plenitud de tiempo en las grandes tareas del momento, descuidaron desde el hogar y la escuela las aparentemente pequeñas del comportamiento? ¿Acaso una lectura reduccionista de las buenas costumbres como cosa del pasado, y así con el agua sucia se botó la criatura? ¿O una confusión de lo popular con lo vulgar?

Sin embargo, más importan ahora y en lo adelante el rescate y la corrección, para lo que las autoridades educacionales están emitiendo señales de suma relevancia, con el empeño de que el lenguaje y su fiel escudero ortográfico reasuman la centralidad y el estrellato, de los que fueron despojados para reducirlos a corifeos de segunda fila en el conjunto de asignaturas de la enseñanza. A ello se suman el fomento del hábito de la lectura y un programa más esmerado de formación de futuros maestros.

He aquí piedras angulares para abrigar justificadas expectativas de superar en el futuro las pobrezas en el lenguaje con sus muletillas verbales repetitivas e incoherentes, que reducen hasta el propio ejercicio del pensamiento, la comunicación interpersonal y el entendimiento mutuo, tan indispensables cuanto más llenos de dificultades y tensiones son los tiempos.

Ojalá que las palabras lúcidas nunca caigan en saco roto.

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