De moda la inmensidad

Autor:

Alina Perera Robbio

El muchacho avanzó apurado. La imagen parecía común, como otras tantas de una tarde ordinaria. Pero los caracteres estampados en la parte trasera de su pulóver —«CCCP»— removieron un montón de recuerdos.

Muchos sabemos que esos códigos identifican, en idioma ruso, a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En la Wikipedia en Internet hay una idea que me hizo esbozar una sonrisa discreta, esa que lucimos al sentir que la vida no puede ceñirse en un grupo de palabras: «La sigla (CCCP) se hizo conocida fuera de la URSS tanto por las competiciones deportivas internacionales, donde esa nación siempre tuvo un papel destacado, como por los cosmonautas soviéticos, que tenían escritas las iniciales en sus cascos».

Para varias generaciones de cubanos, CCCP fue mucho más que esa definición. Que se lo pregunten a quienes estudiaron en el gran país y están marcados para siempre por un modo de ser que se distingue a lo lejos. O a quienes crecieron mirando «muñequitos de palo» o mejores en el televisor, y se sentían atraídos por el cocodrilo, por la liebre siempre huyendo del lobo, por un oso goloso, o por un amor entre dos tubos de pintura que se inmolan para salvar al mundo de estar teñido de negro…

La tarde en que miré el pulóver, recordé un maletín —muy amplio y resistente, por cierto— que tenía estampada la sigla a ambos lados y que alguien había dejado en casa tras un largo viaje. El objeto había hecho expresar a una adolescente de la familia mucho tiempo después de la caída del campo socialista: «Si no fuera por esas letras lo usaba…». La valija era mudo y real testigo de una época, de un país que había desaparecido junto con su nombre. Era cosa del pasado aunque estuviera en forma para seguirla usando. A los ojos de la muchacha, solo alguien muy necesitado, ido del tiempo, o provocador, podría salir con ese objeto a las calles de la Isla.

La historia tiene sus ironías y me gusta atenderlas: el pulóver del joven ha sido diseñado y producido en algún punto del planeta, como partícula de un torrente de moda fresca en la que también entran relojes de legendarias marcas rusas, y objetos donde no faltan la hoz y el martillo, o la estrella roja. Ni siquiera me sorprendería darme de bruces con un maletín parecido al de mi historia, traído por alguien desde lejos como capricho de la moda. Y hasta presenciar cómo alguien vuelve por el viejo del que ya hablé, pues ahora la sigla «está en frecuencia».

Sospecho que el «fino» mundo occidental y una legión de ideólogos hostiles enfrascados en lacerar la autoestima de los soviéticos mientras estos intentaban construir una sociedad diferente —finalmente fracasada—, siempre admiraron en silencio a esos osos mieleros y audaces que han terminado apareciendo en las películas de Hollywood como los científicos más arrestados, los dueños del arma más poderosa, los mejores matemáticos, los únicos capaces de arreglar un trasbordador espacial…

Un reciente informe de la UNESCO publicado en el año 2010 sobre las ciencias en el mundo, el cual fue presentado en Cuba por su editora, Susan Schneegans, hace dos semanas, habla de cómo la Federación Rusa anda enfrascada desde el año 2006 en inversiones importantes para la investigación y el desarrollo de alta calidad, voluntad que incluye a más de 80 universidades de excelencia del país. Es algo que busca el relevo seguro de los científicos actuales, muy respetados en el planeta, muchos de los cuales —casi la mitad—, ya en edad de jubilación, fueron formados en la extinta URSS.

Por errores internos que la historia no perdona, y por una guerra externa e incesante, los protagonistas de la URSS perdieron su campeonato social —hace poco en esta misma página el colega Ricardo Ronquillo, al hablar de retroceso humano, publicaba indicadores sociales de las eras anteriores y posteriores al «derrumbe» de ese tipo de sociedad.

Uno a veces se pregunta, y siente la necesidad de estudiarlo, cómo tanta fuerza no pudo superarse a sí misma, incluso sofisticarse al punto de no perder el rumbo de los grandes anhelos. Uno piensa en el espíritu ruso, en sus hijos dibujados por José Martí en 1889 cuando habló de niños patriarcales, ingenuos, sublimes; cuando expresó que cada uno era «un castillo, con barbas en las almenas y sierpes en los tajos», y una paloma adentro; hombres «con pasión y color, con gruñidos y arrullos, con sinceridad y fuerza».

Tanta inmensidad difícilmente quepa en una sigla, mucho menos si esta vuelve ahora con aires simples, como evocación leve de una estirpe. Tal vez el guiño comercial sea hasta una reverencia, y así suceda con tantos objetos que por ahí proliferan, digamos boinas y gorras verde olivo con estrellas, chaquetas y otras ocurrencias inevitablemente alusivas a la rebelión de nuestros padres y abuelos en la Isla, y hasta la de quienes llegamos después.

Ahora parece divertimento eso de querer desempolvar íconos que fueron imponentes. Por suerte hasta la fragilidad de las modas es útil: puede hacernos meditar, por ejemplo, sobre cómo el oleaje de la historia arrastra, se lleva y nos devuelve cosas… Y no hablo de que algo vuelva a ser como antes; ni siquiera de calcos si se trata de intentos humanos que no lograron superar abismos propios. Pero sí de miradas más quietas cuando han pasado los años. Miradas profundas que eviten a quienes sueñan con sociedades parecidas a lo mejor del Hombre, caer en trampas viejas.

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