Los peces que no podemos olvidar

Autor:

Osviel Castro Medel

Anunciaron, por la amplificación local de la terminal 28 de Junio, de Bayamo, el próximo viaje: «Un camión particular con destino a Contramaestre, por el valor de diez pesos».

Los futuros pasajeros organizaron la cola y se dispusieron a subir al transporte. Sin embargo, uno de los primeros de la hilera se salió de esta con aire de reproche: «Antes eran tres pesos. ¡Yo solo tengo cinco pesos!». Era un anciano humildísimo, con el rostro inclinado al desconsuelo.

Blandió un billete añejo, sacado del fondo de sus bolsillos, y se fue a hablar con los empleados de la terminal; estos apuntaron enseguida al chofer del camión. Llegó hasta él, pero recibió una respuesta seca y rápida: «Esto es oferta y demanda, mi viejo». Así el hombre, finalmente, tuvo que acudir a la célebre botella o a otras formas más «modernas» para llegar a su morada.

Si esta vivencia se me derrama ahora de la mente es porque no la veo como isla ocasional dentro de nuestro océano diario.

Es la corriente del tantas veces criticado individualismo, capaz de dejar a la deriva a los peces más pequeños y de despertar el apetito de varios tiburones, a los que no les interesa un comino la solidaridad o el compañerismo.

Asumo que vivimos en una sociedad con miles de ejemplos opuestos; que tenemos un país que sostiene la fraternidad como bandera y que hizo cumplir infinidad de sueños a los más humildes. Pero seríamos demasiado ingenuos si no vemos ciertas marejadas capaces de sumergir precisamente a esos por quienes más se luchó, con sangre, en llanos y montañas.

He visto, en la bisagra de la «oferta y demanda», alguna escena de ayuda a aquel que no lograba estirar más sus bolsillos. Mas, también he presenciado la escena en la que se pisoteó al máximo al desvalido y al menesteroso y se le echó en cara el «esto es así» o el «o lo tomas o te chivas».

La piedad y la compasión deberían de palpitar en todo tiempo y en todos los seres humanos; deberían de vivir aun en aquellos que, con bastante en sus arcas —infladas en no pocas ocasiones gracias a las brechas que abrieron el descontrol y otras insuficiencias—, ponen números montañosos a sus productos y servicios.

No se trata de arremeter contra una ley imperiosa, tampoco de bajar un edicto vertical que ponga cotas a las ofertas emanadas de la propiedad individual o del trabajo manual, en las que no interviene el Estado.

La preocupación —más urgente de lo que pudiera parecer— se posa en todas esas personas humildísimas que, como en la narración del principio, se ven indefensas para alcanzar servicios que no representan un lujo sino una imperiosa necesidad.

La mayor inquietud habita en aquellos que, aun queriendo aportar a la sociedad y ensanchar sus bolsillos, no pueden por caprichos de la naturaleza o del destino.

Esos peces no se nos pueden olvidar porque entraríamos en contradicción con nuestros sueños y deseos. Por eso, tengo fe en que los salvaremos de cualquier torrente.

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