«Curvas» peligrosas

Autor:

José Luis López

Por más que en nuestra Isla intentemos tributarle a la mujer similares espacios que al hombre, no dejan de pulular ancestrales credos sobre las mal llamadas «diferencias» entre uno y otro sexos. Y la esfera del músculo no constituye la excepción.

«¿Cómo es posible que, aun cuando existen tantos deportes hermosos de corte femenino, una mujer se dedique a practicar otro tan violento y masculino como la lucha libre?». Así nos cuestionan un sinnúmero de lectores, ora mujeres, ora hombres, a raíz del recién finalizado torneo internacional Cerro Pelado, en el cual mostraron sus supplés y desbalances chicas de ocho países, entre ellas, campeonas olímpicas y medallistas mundiales del poderoso elenco de Canadá.

El pueblo cubano sigue con interés los deportes de combate, especialmente la lucha, que se ganó los máximos honores en el año 2010. Pero ese «machismo» que aún perdura desestima su práctica para las féminas, que tienen todo el derecho de acudir a un colchón de lucha.

«Las mujeres nacieron para enseñar sus “curvas” y no esa musculatura prominente, con espaldas anchas y bíceps de hombres, que las convierten en un verdadero peligro en la calle», reprueban algunos. Aquí hay una clara queja no solo por el empleo de las pesas en los entrenamientos, sino también un intento de tildarlas de agresivas.

Otros, más observadores, hablan de «lo feas que se ven ellas con esas orejas llenas de heridas», en alusión a las cortaduras que provocan el roce constante con la rival y las caídas al colchón.

Esas chicas, y en especial las de la preselección nacional que intervinieron en el Cerro Pelado, pujan al culminar cada competencia por darse un baño y «maquillarse» rápidamente. Y les aseguro que, trusa de competir a un lado, muchas de ellas podrían modelar con éxito en cualquier pasarela.

Ciertamente, las gladiadoras necesitan fortalecer los músculos para halar y proyectar a sus rivales. Pero este indicativo también es vital en la mayoría de los deportes —creo que la excepción sería el ajedrez—, y en torno a esos otros, escasean las reprobaciones.

Siempre he escuchado —y aplaudido—, frases de elogio para las selecciones femeninas de voleibol o judo, por solo citar dos ejemplos de los deportes que tanto ha aupado al movimiento deportivo cubano. Todas esas muchachas también tienen que subir la soga o trabajar diariamente sus músculos en el gimnasio.

Pero hay más. La gran mayoría de nuestras luchadoras, se habían desempeñado en sus inicios como judocas y ya venían preparadas para empeños mayores.

Es cierto que existen modalidades deportivas menos «bruscas» desde el punto de vista competitivo, en las cuales no hay ni halones ni agarres y con cuyas practicantes simpatiza más la población, como son la gimnasia rítmica o el nado sincronizado. Pero ninguna está exenta de aplicar el entrenamiento con pesas. La diferencia está en la forma de utilizarlas, que es «harina de otro costal».

Pero más allá de un violento remate hacia la zona tres del mondoflex, un ippón, el salto sobre la octava valla, o una letal pegada sobre el colchón, lo cierto es que cada chica decide su destino competitivo. Y nadie está autorizado a rechazarlas. Apoyo y respeto es lo que merecen todas ellas, por ser mujeres y por ser cubanas. ¡Enhorabuena!

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