Un mundo fuera de su eje

Autor:

Alina Perera Robbio

Las horas me saben amargas, como a todas las personas que ahora constatan de qué modo —al parecer inevitable— la humanidad está perdiendo más de una crucial batalla: pocos días transcurrieron desde que la desgracia se apoderara de Japón. Las heridas en el país asiático no dejan de abrirse; aún no se toca fondo en cuantificar víctimas y todo tipo de pérdidas. Y todavía Haití es una llaga —dolor que va quedando sepultado y pospuesto en la avalancha de acontecimientos, cada vez más desconcertantes, que estremecen al mundo.

Lo mencionado bastaría para creer que el planeta —con su eje corrido de lugar y más de un trastorno de consecuencias impredecibles— está urgido, como ha dicho Fidel, de consuelo. Pero no: comenzó otra guerra. Los yanquis y sus aliados invadieron Libia. Dicen que no es contra los civiles, que ellos serán protegidos. Pero llegan los cuerpos a las morgues del país atacado. Ahora ese país, que como cualquier otro debería resolver sin injerencias sus asuntos y los hilos de su destino, es el escenario de la muerte y la destrucción, es el más fresco blanco de otro capítulo de horror por cuenta del cual los seres humanos sentiremos más vergüenza aún de nuestra especie.

No logro echarme la tristeza en un bolsillo: la tengo en el corazón mientras pienso en los inocentes que morirán (y en los que ya engrosan la lista de los «daños colaterales»); mientras recuerdo a las decenas de miles de muertos de Afganistán, y a sus mutilados —los veo correr en las arenas del desierto tras una prótesis para una pierna perdida, en una imagen fílmica por la cual una vez perdí el sueño desde el tibio sofá de mi hogar; imagen que a estas alturas palidece ante la realidad misma.

Lloro lágrimas calladas, invisibles, mientras pienso en Bagdad, capital de un país arrasado, en el cual las víctimas mortales suman la escalofriante cifra del millón. Mi hermano mayor, quien estuvo en Bagdad antes de la invasión imperial, me contó de las bellezas de esa ciudad legendaria, me habló de su museo de antigüedades que ya sabemos fue vejado y saqueado, desangrado en su memoria, tirado a la vera de la historia como haría un psicópata con una niña.

Pobre Oriente Medio…, de donde los blancos bárbaros cargaron con especias y un montón de secretos milenarios; del cual nos seguirán llegando noticias duras, capítulos de una historia ya bien conocida: ataques de todo tipo, persecución de malos en oscuros rincones, corte de las venas de la vida (como la electricidad o el agua) a los poblados. Todo porque «la democracia» —donde quise decir petróleo, gas y otras riquezas— bien lo amerita.

Ando espantada, y por momentos me hago preguntas amargas: ¿Qué especie es la mía que quizá tenga los minutos contados y actúa como si fuera inmortal? ¿Qué orden mundial tenemos si los que supuestamente más preparados están para administrar el mundo se comportan como bárbaros? ¿Será cierto que el Hombre es malo y no merece? ¿A qué punto de enajenación se llegó, de locura colectiva por cuenta de la cual unos aprueban la guerra para asesinar a sus semejantes?

Estoy adolorida pues sueño un mundo que no existe; porque sé que la magia es una fantasía —magia con la cual petrificaría todo el petróleo en las entrañas de la tierra, y trocaría en polvo todo cuanto se ha fabricado para matar, aun sabiendo que algunos matarían a sus semejantes tomándolos por el cuello…—; ando triste sabiendo incluso que se me pasará, pues soy de un optimismo porfiado, como casi todos, porque siento que el Hombre puede hacer grandes cosas por los suyos; y porque creeré hasta el final que mis hijas, ahora dormidas mientras La Habana despide en paz otra de sus noches, llegaron a este mundo para amar y sonreír a sus hermanos de viaje por esa suerte densa y difícil que llamamos existir.

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