La dulzura de la tía Evelina - Opinión

La dulzura de la tía Evelina

Autor:

Alina Perera Robbio

Me adentré profundo en un solar habanero, por vez primera, al visitar el cuartito de la tía Evelina, hermana de la abuela Concha. El olor a madera húmeda me recibió en la boca de un pasillo que empecé a recorrer mientras vadeaba tuberías, parches de cemento, tanques metálicos, objetos de un universo hecho a contingencias y a otras costuras de la humildad.

La tía Evelina no estaba. Y a mí me habían dado las llaves para buscar algo ya olvidado. Lo trascendente, sin dudas, fue mi encuentro solitario y en calma con las entrañas de un cuartito de solar. Aquello era oscuro, casi virgen de la luz y del aire; un pedacito de puntal muy alto —con entrepiso de madera incluido—, donde el lugar para el baño solo distaba dos o tres metros del sitio destinado a la cocina. Aquello era el bodegón de un barco que había encallado en algún punto desconocido del tiempo.

Solo un sillón enorme, discordante en el escenario de apretujamiento, era prueba de cierta temporada en la cual Evelina había tenido casa grande que perdió por un sentido romántico de la existencia, ese que ahora quiero reverenciar al cabo de haber conocido a tanto pícaro, al frío, al rápido que solo tiene una mirada contractual de los asuntos, al que no da puntada sin hilo, al de ¿alma? rapaz.

Sentada aquel día en el sillón me detuve a escuchar las voces de las vecinas en puro ajetreo, y pensé en la bondad de Evelina, a esa hora amparada por una Casa del Abuelo en su municipio, donde pasaba las mañanas, donde tenía sus almuerzos, medicinas, fiestas y hasta ropas nuevas. Veía desde lo oscuro la puerta estrecha y alta del cuartito que me resguardaba del pasillo movedizo, y pensaba que allí familias enteras habían partido el pan de cada día mientras yo había desgranado la infancia en un patio anchuroso sin conocer la enormidad del mundo.

Tampoco —protegida yo por muchos, incluso por Evelina que adoraba cepillar mis juguetes cada dos días «porque la niña nació muy mala, al borde de la nada»—, había podido sospechar todo lo que la tía perdió y sufrió. Ella siempre tenía una sonrisa tenue para todos. Enarbolaba una dulzura simultánea con la costumbre de acomodar, obsesivamente, sus jabas en una esquina de la gran cocina de la abuela.

Jamás sentimos que albergara remordimiento alguno. Solía estar limpia y alegre, y se maquillaba para salir, en un ritual que incluía revisar sus cachetes, porque «no puedo tener birriones…», comentaba. La recuerdo y prefiero pensar en la Blanche Dubois de Un tranvía llamado deseo, tan etérea, tan resistida a hundirse en lo objetivo mientras se tocaba sus adornos y declaraba que la realidad es demasiado fea como para atenderla al pie de la letra.

Ahora sé que cuando no la veía en la cocina grande era porque estaba, o en la Casa del Abuelo, o en su cuartito del solar, allí en lo oscuro, lidiando por su vida, aferrada a alguna esperanza y a tantas imágenes que van haciendo el cuerpo de la nostalgia. Quizá pensaba mucho en el hombre por el cual nunca dejó la Isla a pesar de que su tutora le pidió partir juntas. Ese novio que le arrebató los últimos años de juventud y hasta la casa cómoda que le había dejado la tutora.

La mansedumbre y el enamoramiento hicieron de Evelina una inquilina del solar, sin más riquezas que las pasiones, muy bien guardadas, y la tenue sonrisa como bandera hasta el final. Me atrevo a decir que fue feliz, mirándonos a su modo, sin resquemores ni envidias, sin renegar de su suerte, mucho menos de aquella ilusión que pudo haber sido un espejismo, pero por cuenta de la cual pudo saborear alguna vez el asomo instantáneo de lo que para ella fue perfecto.

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