Urquiola

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Yo no vi jugar a Alfonso Urquiola. No disfruté de su gallardía en la segunda base del Cuba; ni de las hazañas que le valieron el apodo de Relámpago de Bahía Honda. No supe de su fraterna porfía con Rey Vicente Anglada, combate de caballeros a guante y empuñadura.

Yo no vi a este hombre bajito apretar el madero y desaparecer la bola más allá de todos los confines. No lo vi… Pero debió ser algo grande, de leyenda, porque en mi casa desde entonces, cuando cualquier cosa se pone fea, llega el lamento: «A qué hora y se ponchó Urquiola». Como si el astro vueltabajero fuera la esperanza de hierro, el hacedor infalible.

Y me duele no haberlo visto, no haberlo aplaudido o imitado su nombre en nuestros piquetes infantiles de manigua. Sin embargo, en la serie nacional que acaba de pasar su out 27, tuve el privilegio mayor de admirar al «monstruo» pinareño, de observarlo dictar, con sencillez a prueba de truenos, una cátedra de táctica y valentía.

Sí, porque ahora sus ojos, empequeñecidos por los surcos del tiempo; su voz, de sabiduría sin estridencias; sus ademanes de cansada reciedumbre, anduvieron el campeonato juntando lo bueno de una tropa bisoña; abriendo las luces hacia la victoria.

Nadie —acaso ni el mismo Urquiola— sospechaba que una guerrilla de tabaqueros principiantes pudiera levantar esta hoguera. Las llaves maestras de la disciplina, la humildad y el coraje no solo desbrozaron la inexperiencia, sino hasta rompieron récords ofensivos para una postemporada.

Y no voy a hablar de estadísticas, porque como me alertó un buen profesor, «se va a pique la crónica». Además, sería inexacto. ¿Con qué números pudiera medirse la generosidad de este gladiador que jamás tuvo un alarde frente al contrario? ¿A cuánto asciende su average de paciencia y control para no armar escenas innecesarias de protesta? ¿Cuántos puntos por juego salvado merecen gestos suyos que insuflaron energía casi descomunal a su equipo?

¿Habrá guarismo para la precisión a la hora de mover el cuadro, o para la firmeza de sentar hasta al más fuerte cuando merecía una ración de banco? Porque tampoco —que se sepa— el timonel fue de almíbar. Ah, pero huyó de arrebatos venáticos en una lid tan dada a las pasiones.

Y cuando el pueblo de Pinar del Río —que llevaba 13 años esperando la Copa— lo recibió a él y a su comando galáctico, solo les dijo: «Este triunfo es de ustedes», como mismo había respondido, días antes, a una pregunta.

Yo no vi jugar al rey Urquiola. Mis héroes vueltabajeros de niño fueron Omar Linares, Faustino Corrales, Ajete… Mas, en la dimensión inabarcable donde los cubanos idolatramos a nuestros peloteros, tendré desde ahora al Monarca Alfonso.

Ojalá en mis turnos al bate en las lides periodísticas, tenga la elegancia y la modestia del recio pinareño.

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