La fuerza liberadora

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Siempre me sobresalta el merengue El negrito del batey que, en voz del dominicano Alberto Beltrán, desataba furores durante mi infancia. Con los años, comprendí que ese provocador evangelio del ocio, a punto de proclamar «…el trabajo para mí es un enemigo/ el trabajar yo se lo dejo todo al buey/ porque el trabajo lo hizo Dios como castigo…», revelaba en su sensorial marginalidad una reticencia más honda: la enajenación de los mayoritarios perdedores que, en la codiciosa aventura de la Humanidad, han engrosado la riqueza ajena con sus músculos y sudores.

El negrito del batey contradecía la liberadora concepción del trabajo, en aras del país y de nuestros semejantes, que se iba abriendo paso en aquellos inicios del socialismo cubano: el sudar por primera vez en función de todos, el plus generoso y no aquella plus… valía directa al bolsillo de los patrones. Fueron años de revertir el sentido de la laboriosidad, de estudiar profundamente aquello de que «el trabajo hace al hombre» formulado por Federico Engels. Llegamos incluso, con el Che, a adjetivarlo de voluntario por primera vez, como un anticipo de ese arcano de utopías que aún es un misterio: el comunismo.

En aquellos tiempos de refundación del país, el ocio, que había sido el gozoso atributo y la renta de los destronados burgueses, se convirtió en un sacrilegio para la Revolución. Que los liberados del yugo capital-trabajo enmudecieran de vagancia en las esquinas, sin aportar al patrimonio social, fue perseguido hasta con una Ley contra la vagancia.

Entonces, cundía como la divisa más roja aquello de quien no trabaja no come. Pero ya desde los orígenes de la Humanidad, en la tribu se condicionaba el bocado al esfuerzo. Y en los más antiguos textos hay referencias sabias a las premisas de esfuerzo y sacrificio que implica el alimento.

Este país, durante más de 50 años, ha creado y crecido con el aporte generoso de los antiguos explotados. Pero, a fuer de ilusos, creímos que solo con la conciencia mantendríamos el engranaje laborioso y la motivación hacia el esfuerzo. Sí, proclamábamos la Ley de Distribución Socialista heredada de los dos ilustres barbudos alemanes: aquello de que de a cada cual según su trabajo. Pero no hemos sabido aplicarla en toda su dimensión saneadora y fecunda, por aferramientos unas veces, y por fracasadas aplicaciones del principio en otras.

A ese idealismo inmovilista habría que adicionar el saldo erosivo a partir de la caída del socialismo europeo y la entrada en las agonías del Período Especial. Con su trastoque de valores y ordenamientos, con esa pirámide invertida que benefició al ocio y al «negocio» sucio y desvalorizó el trabajo honrado, comenzó a desvalorizarse el trabajo como medio y requisito de vida y como surtidor de riquezas. Y aún hoy el asimétrico lastre de que unos laboren sin cubrir todas sus necesidades, y otros, holgazanes y pillos, vivan de la trampa, es el fardo más desafiante para los cambios que urgen a la economía y la sociedad cubanas, en pos de un socialismo más auténtico y pleno.

El trabajo, ese crisol del progreso y el bienestar, está llamado a resucitar en los años venideros por sobre la desidia y el «invento», como la única fórmula liberadora sin otra alternativa. El trabajo sin burocracia, que premie y distinga en beneficios contantes y sonantes y consideraciones a los esforzados y talentosos de los remolones y mediocres. El trabajo sin hegemonías ni exclusiones, estatal o no. El trabajo como acto de libertad, como necesidad, señuelo y atractivo y no aburrida rutina igualitaria. El trabajo como fuente de bienestar para la familia cubana, incentivo para vivir mejor. El trabajo con ilusiones, con decencia y respeto, aunque de vez en cuando resuene pegajoso en mis oídos, como un alerta regresivo, El negrito del batey.

 

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