España: la urna o la plaza

Autor:

Luis Luque Álvarez

Todo estaba tranquilo para las elecciones autonómicas y municipales de mañana domingo. Algunas subidas de tono y acusaciones mutuas, pero lo normal. Los candidatos del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y los del Partido Popular (PP), con la manga al codo, o con esmoquin y sin corbata, en un estilo más «de pueblo», daban sus mítines, prometían y ponían el dedo en la llaga del oponente.

Hasta que el 15 de mayo irrumpieron «los indignados». Han tomado la céntrica plaza de la Puerta del Sol, en pleno corazón de Madrid; y la de Cataluña, en Barcelona, y la de Sevilla, Valencia y otras muchas, con un mensaje: «Nosotros no somos antisistema; el sistema es antinosotros», y han dejado boquiabiertos a los que, a uno u otro lado del espectro político, no han atendido a sus demandas vitales. Como el empleo, por ejemplo, en un país donde el listón va para cinco millones de desocupados —más del 40 por ciento son jóvenes—; o como una nueva ley hipotecaria, en una sociedad en la que los bancos, no contentos con expulsar de su casa a quien ya no puede pagarla, se la siguen descontando como si la estuviera disfrutando.

Por eso, los hartos se van a las plazas. En Madrid plantan tiendas, se reparten los alimentos que donan manos generosas, se organizan para hablar por el altavoz y redactan un manifiesto en el que recuerdan: «No somos mercancía en manos de políticos y banqueros».

¿Cómo se define esta masa? Pues «unos nos consideramos más progresistas, otros más conservadores. Unos creyentes, otros no. Unos tenemos ideologías bien definidas, otros nos consideramos apolíticos… Pero todos estamos preocupados e indignados por el panorama político, económico y social que vemos a nuestro alrededor. Por la corrupción de los políticos, empresarios, banqueros… Por la indefensión del ciudadano de a pie. Esta situación nos hace daño a todos diariamente. Pero si todos nos unimos, podemos cambiarla».

Hasta hoy, varios políticos han confesado estar «escuchando», lo que es positivo. Pero la propia dinámica de la campaña electoral —cuando no una falta de voluntad— les impiden concederles a los manifestantes que «en verdad, tiene lógica cambiar esto o aquello, y lo haremos». De modo que será difícil, en el corto plazo, que fragüen algunas de las aspiraciones planteadas en la calle.

Habrá que ver además qué posibilidades tiene el movimiento de articularse más allá de lo anecdótico y de sobrevivir a la jornada electoral. Si después todos toman el metro ahí mismo en Sol y se van a casa como después de un campamento de verano, los políticos se secarán el sudor de la frente como quien ha pasado un susto, y todo seguirá igual.

Muestra de lo «igual» es la propia campaña electoral. En juego están los gobiernos autonómicos de 13 comunidades (entre ellas Navarra, Madrid y Andalucía), y las alcaldías de varios municipios y ciudades importantes (como Madrid capital, Sevilla y Barcelona). El espectáculo es el tradicional: el PP aúpa nuevamente al gobierno de Valencia a un señor con muy fundadas evidencias de corrupción, o atemoriza con el «coco» de los recortes sociales del PSOE —como si, de estar en el poder, no hubieran hecho lo mismo ante las exigencias de la Unión Europea—, mientras el PSOE culpa al PP del fracaso de un modelo económico basado en la construcción, cuando en lo fundamental ha permanecido intacto en siete años de gobierno socialista.

De todos modos, la crisis vino, golpeó, y el partido en el poder recibió el manotazo. Hoy el PP lo aventaja en intención de voto en muchas de las regiones (para los electores pesa más la economía que los trajes que oscuras manos le regalan a un corrupto político de la derecha), y se ufana de que las elecciones generales de 2012, cuando José Luis Rodríguez Zapatero abandonará La Moncloa (la sede del gobierno), están ya cantadas.

Además, para mayor paradoja, la propia «movilización de los indignados» que enfilan contra los dos partidos, puede servirle de ventaja: a los desencantados con el PSOE, la ira puede convidarlos a quedarse en las plazas, mientras que los entusiastas del PP irán con toda seguridad a depositar la papeleta.

El domingo por la noche ya veremos que pasó en las urnas. Y el lunes, qué nuevas ideas tienen los que, acampados en el pavimento, han perdido la fe en aquellas…

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