Europa: escenas ya vistas

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Vuelve a mostrársenos por estos días cómo hace aguas el sistema basado en el capital, proveedor de los fuertes aguijonazos sociales que hace dos décadas empezaron a soliviantar a América Latina, desnudaron de credibilidad y de prestigio a su anquilosada política tradicional, y radicalizaron a las fuerzas sociales y populares, insuflándoles claridad y empuje para llevar al poder a gobiernos que han dicho No a su último y desgastado modelo.

Por eso lo inédito no son los cientos de griegos y portugueses que esta semana tomaron las calles rechazando los ajustes impuestos por el FMI para que sus gobiernos recibieran el salvavidas agujereado que les lanzó la Unión Europea; como no lo son tampoco las decenas de miles de españoles que por siete días colman la Puerta del Sol y distintos enclaves en una treintena de ciudades.

En todo caso, la noticia es que esta suerte de naufragio social provocado por un recetario que únicamente dicta medicinas amargas a los de abajo, esté teniendo lugar nada menos que allí, en el Viejo Continente, otrora mundo de ensueños donde cada vez los desclasados suman más.

En apariencia desconectados de doctrinas ideológicas y políticas que en Europa apuntaron hasta ahora a un crecimiento amenazante de la ultraderecha, lo cierto es que, en las avenidas, los de a pie están diciendo un sonoro No al capitalismo —algunos, quizá, sin saber—, y a ese viejo surtidor de injusticias que es el neoliberalismo.

Así, fluyen ahora las cosas al revés del sentido en que lo hicieron siempre: las influencias no llegan a América impulsadas por los aires «renovadores» europeos; por el contrario, lo que estamos viendo en una parte del Primer Mundo es una película que América Latina sabe de memoria ya porque fue su primera y obligada protagonista; una historia de la que, con algunas excepciones, sus países vienen de vuelta.

¿Cuánto de diferencia hay entre la confesión de los jóvenes, jubilados y desempleados españoles de que no apoyan a ningún partido y son apolíticos, y el «¡que se vayan todos!» al son del cual la decadente clase media argentina se unió por primera vez con los pobres en diciembre de 2001, y puso en fuga al presidente Fernando de la Rúa?

Cansancio y rabia, eso es lo que puede colegirse de los carteles enarbolados en Atenas, en Lisboa o en Madrid, así como agotados estaban los argentinos que, sin filiaciones políticas que los unieran, escribieron el epitafio en su país no solo de De la Rúa, sino del Fondo Monetario y del modelo neoliberal, y abrieron el camino de su sepelio en casi el resto de Latinoamérica.

Claro que hay distancias, no solo en espacio y tiempo, y nadie puede afirmar que los movimientos de protesta que estamos viendo en Europa auguren el cambio de estatus que vivimos en esta parte del hemisferio.

Pero hay rasgos comunes, tales como la espontaneidad de una manifestación que en primera instancia está dando rienda suelta al disgusto y, sobre todo, ese hartazgo tan visible que los nuevos pobres europeos están sintiendo.

Lo que no se puede predecir, y quizá ni ellos mismos sepan, es hacia dónde los conducirán.

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