Silvio, Romerillo y la eternidad - Opinión

Silvio, Romerillo y la eternidad

Autor:

Arleen Rodríguez Derivet

En medio del concierto de Silvio, en el Romerillo —barrio difícil que no marginal, considerando los escasos pasos que lo separan de la muy ilustre Quinta Avenida— una pequeña mujer negra, vestida de blanco, atravesó la multitud con todas las señales de estar en trance, quién sabe si por sus muertos o por nuestros vivos cantos de acompañamiento al trovador sin edad. Temblaba como una hoja bajo la tempestad del estremecimiento colectivo y por cada cuerpo ajeno que su temblor rozó, dejó más de una sensación de encanto en quienes la sentimos pasar.

No cantaba ni aplaudía. Solo iba, como liberando y rescatando energías. Y tantas iba dando y recogiendo que quizá era ella misma la que sacaron en andas cuando todos estábamos demasiado sumidos en el canto para darnos cuenta de que finalmente no pudo con todas las vibraciones que halló en su camino.

Transcurridas las dos horas y un poco más del concierto que también contó en la primera media hora con Polito Ibáñez y su grupo, aquella polvorienta calle donde se plantó el escenario de música y bandera, parecía haber adquirido una nueva personalidad, incluso para quienes la transitamos a menudo y nunca la habríamos imaginado tomada por los versos de Silvio.

Si es que yo misma no sé si podré asociarla otra vez con su sonido cotidiano de reguetones y palabras fuertes, tomando en cuenta que lo más duro que se escuchó allí el 15 de mayo del 2011, salió de la garganta de un hombre de sólido brazo de ébano tatuado hasta el hombro, y era pura poesía: «Esto se va a poner mejor, esto está buenísimo ya, porque ese tipo es un animal… pero no un animal de aquí, es un animal del mundo».

«Es una mente —dijo una mujer que bebía ¿ron? del mismo pomo que su pareja—; ese hombre es una mente» y su índice apuntaba claramente a la sien.

No puedo ubicar el momento justo en que lo dijo, porque hubo muchos para inspirarle la expresión. Especialmente el de la soberbia Cita con ángeles que el público vitoreó selectivamente, con énfasis de lágrimas «/cuando un ángel a caballo cae con los pobres de la tierra»/ o cuando llora el querubín /«contando los minutos de Dios y Martin Luther King»./

O quizá no, quizá fue antes, con los acordes de El Papalote y el canto al personaje de los trajines de su pueblo, el que era para las gracias porque «era un viejo y era negro». Después de los aplausos a ese verso tremendo, el día más importante de la vida de Narciso el Mocho ya no será solo el de su muerte.

Claro, que la frase de aquella mujer también pudo inspirarla El Necio. A esas alturas de la emoción conjunta, al lado de ella, un hombre sin rostro —solo veíamos la cinta de atrás de su gorra blanca en la que se leía claramente Miami— levantaba su puño derecho al cielo para cantar a voz en cuello el fragmento más duro de nuestro himno de los 90: /«… dicen que me arrastrarán por sobre rocas cuando la Revolución se venga abajo, que machacarán mis manos y mi boca, que me arrancarán los ojos y el badajo…»./ Vivir para ver, diría mi abuela. Y para despojarnos de prejuicios, acotaría yo misma después de verlo.

Silvio, aparentemente idéntico al de siempre —jeanes gastados, pulóver sin señas y gorra de visera— era otro manojo de sorpresas en sonoridades y gestos. Su Óleo de mujer con sombrero se sentía admirablemente fresca, para no hablar ya de El Elegido o El Mayor en versiones que sonaron como muy nuevas.

Desde el centro de la muchedumbre, una seguidora incansable del trovador desde sus tiempos más remotos, comentó divertida el cambio de humor apreciable entre esta época y aquellas en las que le incomodaban los cantos del público. Esta vez un coro enorme le había pedido otra y lo demandaba cantando a capella: /«… como pasa el tiempo, que de pronto son años...»/ y desde el micrófono solo se le oyó responder agradecido.

¿Pasó el tiempo? Es tan difícil afirmarlo como soñar que no. Si García Márquez hubiera estado en el concierto del Romerillo el domingo habría tenido que reconstruir aquella crónica sobre Los Beatles donde dijo algo así como que era lo único en que coincidían los gustos de los hijos y sus padres.

A mi lado, una pareja de 70 coreaba con idéntica emoción las mismas letras que yo de 50, mi hermana de 40 o mi sobrina de 18. Pero sé que otras generaciones de menos años aun, hacían lo mismo. Pasó el tiempo, por supuesto, pero ahí descansa justamente el mayor mérito de Silvio Rodríguez, trovador de todas las edades a quien acompañan ahora músicos tan jóvenes y talentosos como Niurka González —mágica flauta—, los sorprendentes Trovarroco —Rachid, Maykel y Bacaró— y ese asombro de la percusión que es Oliver Valdés.

/«Quién fuera trovador...»/ se preguntó el dueño absoluto de la respuesta desde su canción. Todos ellos allí, en esa esquina habitualmente ajena a los cantos poéticos, parecían responderle: solo quien sea capaz de hacer tanto con tan pocos, solo quien cree canciones hechas a la medida de un ser humano sin límites. Solo quien haya tocado con sus versos el reino inconquistable de lo eterno.

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