Conócete a ti mismo

Autor:

José Luis López

El título, proverbio griego inscripto en el templo del dios Apolo, en la isla de Delfos, me lo «sugieren» varios lectores con sus acertados criterios sobre un comentario anterior: Racismo, xenofobia… y «cero waka-waka» (3 de mayo).

Ellos se sentían inconformes con juicios míos acerca de esas manifestaciones en las ligas europeas de fútbol, pues opinan —y de cierta manera coincido con ellos— que «en las instalaciones deportivas cubanas se dan casos tan lamentables como esos que usted cita».

Les confieso que mi objetivo con ese trabajo era aprovechar el interés suscitado por la casi total «paralización» del mundo deportivo, merced a los cuatro juegos que debían efectuar los clubes españoles de fútbol Barcelona y Real Madrid. Por eso, además del tema Messi-Cristiano Ronaldo, sin dudas los mejores futbolistas del mundo, también incluí al jugador brasileño Roberto Carlos y a la bella cantante colombiana Shakira.

Y ahí mismo llegaron esas acotaciones, que señalan desde mi «favoritismo por el Barça y gusto por Shakira» —¿a quién no, señores?—, hasta mi «silencio» sobre «los males que afloran en nuestros estadios».

Les aseguro que no pretendí eludir este tema, pues jamás he aprobado ni aprobaré las ofensas que reciben nuestros jugadores y árbitros en varios deportes, no solo en el béisbol, pero este, aunque esté sazonado con menos incidentes conocidos, merecía un razonamiento aparte.

¿Cuán aborrecibles resultan las frases  ofensivas a los árbitros, que se escuchan en los estadios cuando los fanáticos —un parcial que se respete primero muestra respeto por los demás— desaprueban una decisión del encargado de impartir justicia? ¿O ese inadmisible calificativo de «palestino» contra los jugadores de la región oriental?

Durante la Serie Nacional pulularon las «mascotas» de cada equipo de béisbol, que las conduce o manipula un ser humano. A saber, ¿qué irrespeto es ese de gritarle «ruge, leona» al talismán de Industriales, si su real aspecto es de león? Por demás, cuando un lanzador no lanza strike o un jugador comete error al campo —especialmente si le propicia carreras al equipo rival—, ahí mismo llega el agravio de «amarillo», en sustitución de cobarde o algo peor.

Capítulo aparte en estos maltratos merecen las árbitras cubanas, especialmente de fútbol y baloncesto. Sé que para el cuarteto balompédico encabezado por la internacional Irazema Aguilera, no habrá noche después de cada partido en las que puedan descansar con sosiego.

Una experiencia reciente la tuve en la localidad vueltabajera de La Conchita, la noche del triunfo beisbolero de Pinar del Río. Parafraseando la letra de una canción del grupo Gente de Zona, unos celebradores cantaban: «esto es pa’ los que dicen, que a Pinar le queda poco: Fulano está mal y Mengano está loco». Me perdonan si por ética no menciono los nombres, pero se trataba de dos colegas que pronosticaron un triunfo de Ciego de Ávila —los fanáticos, se sabe, tampoco otorgan a los reporteros el margen de equivocarse, aunque nos piden análisis y pronósticos.

Les confieso que también disfruto con las instalaciones abarrotadas de público y las ocurrentes maneras con que apreciamos cada lance. Ello engalana el espectáculo. Por eso, saquémosle tarjeta roja a la ligereza, la excentricidad, a la broma gruesa, irrespetuosa, a la actitud de creerse más conocedor que otros. Saquemos tarjeta roja a quienes, más allá de aplaudir un gol, una canasta de tres puntos o un jonrón, la emprenden sin ton ni son contra jugadores y árbitros, verdaderos dueños del show competitivo.

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