Cuba, la compañía invisible

Autor:

Nyliam Vázquez García

Amanecerá y cumplirá la rutina carcelaria impuesta por injusticia. Nunca sabrán sus verdugos y celadores que durante todo el día de su aniversario 46 —como siempre— ese hombre está siendo abrazado por millones de seres humanos de todas las edades y desde los más disímiles puntos del planeta. Pasarán y lo verán solo, lo mismo que todos los 4 de junio de los últimos 12 años, pero será un espejismo. El preso al que conocen como «Cuba» en la lejana prisión Federal de Victorville, California, estará más acompañado que nunca. Acurrucado en un abrazo sempiterno, Gerardo Hernández se crece en razones.

Tampoco será este el cumpleaños en que Adriana lo sorprenda con un desayuno en la cama o con un mapa para que encuentre por el hogar los retazos de historia juntados especialmente para sorprenderlo y recordar. No tendrá su beso y esos mimos compartidos que los estremecen, incluso en la distancia. No habrá descarga con amigos, ni será la ocasión para que ellos le muestren las nuevas tendencias musicales, los movimientos del reguetón, mientras pasan las horas entre risas y anécdotas.

Nuevamente, no será como debiera; como exige la verdad para quien es inocente. Aun así habrá que celebrar. Gerardo Hernández Nordelo está cumpliendo 46 años y la fiesta por su existencia y por el modo en que nos la ha entregado, tendrá que trastocarse en nuevas y definitivas acciones para que sea libre junto a sus otros cuatro hermanos de lucha.

De seguro este día alentará con algún nuevo chiste a su amada, alguna caricatura saldrá de sus manos y quizá mientras escuche el programa musical Cantos sin Fronteras de Radio Pacífica, en California, en el que se leerán mensajes de los solidarios, volverá a sonreír en la compañía invisible e infinita de muchos.

No importa que el Gobierno norteamericano haya rechazado la petición de habeas corpus, y —en un hecho sin precedentes— pidiera a la fiscalía decir No a la posibilidad de escuchar nuevamente a Gerardo, o examinar las nuevas pruebas recogidas durante más de una década. El camino seguirá siendo desandado una y otra vez hasta que esas rejas se abran, hasta que pueda salir, regresar, caminar por las calles que protegió, abrazar, besar, amar, celebrar su cumpleaños.

Ni siquiera en Victorville, Gerardo es un preso más. Allí es «Cuba» y, más allá de toda reja y de todo ensañamiento, es un héroe, un símbolo y, sobre todo, un hombre de carne y huesos que se entregó para y por el sueño tranquilo de los hijos de esta tierra.

A pesar del encierro solo es posible imaginarlo hoy sonriendo, sacando fuerzas de ese optimismo innato con el que termina contagiando a los incrédulos. Claro, la razón lo asiste. De alguna manera, hacerlo venir a fuerza de pensamiento o recorrer los miles de kilómetros que nos separan es un modo de honrar la madera de que está hecho. «Cuba», nació de Cuba. Suficiente.

 

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