Vida

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

No cesa de maravillar la vida. Ese flechazo de incertidumbres entre un grito de júbilo y otro de angustia va cortando el aire de tal forma que uno a veces piensa en hilos sobrenaturales para explicársela. No cesa de estremecer y lanzar a lo más alto, a lo más hondo, señales de una hechura sublime.

Hace días circuló por Internet una recia decisión. Llegó tal vez como un extraño corrientazo, pero no hubo nada de aventurero en ella. Yasuteru Yamada supo simplemente que era hora de actuar, y actuó. Mientras el planeta sangra aún por las venas de Japón el desastre de la central nuclear de Fukushima, este veterano comenzó a llamar a amigos, a tocar puertas para que no haya un joven más que exponga su suerte a las radiaciones.

A sus 72 años, Yasuteru volvió a buscar su traje de laboreo y puso estandarte a un grupo de jubilados que ya se hace llamar Cuerpo de Veteranos Especializados, con más de 200 ingenieros y otros profesionales; entre ellos, un cantante y dos cocineros.

Para enfrentarse al desastre, que comenzó con un tsunami y hasta movió el eje de rotación de la Tierra, el Gobierno japonés ha elevado el límite de exposición radiactiva al que se someten los trabajadores de emergencias de cien a 250 milisievert, quemando las esperanzas de que estos hombres salgan sin secuelas.

Por eso Yamada y sus viejos compañeros concluyeron que después de haber vivido debían luchar para que otros vivieran. Y ahora tratan de convencer a las autoridades del país para que los dejen relevar a los más nuevos y hacerse cargo de limpiar la planta del infortunio. Y aun cuando no les permitan emprender la hombrada, la sola firmeza de estos ancianos para marchar al fin por todos los principios, sacude en el pecho las mejores esencias.

Semanas antes de este destello asiático, en el Hospital Mangiagalli de Milán, unos insólitos gemelos protagonizaron otra hazaña. Su madre, Nadia Rizzi, parió a uno apenas en el quinto mes de gestación y tuvo que esperar 30 días para alumbrar al otro.

Gregorio, que vio primero la luz de este mundo extraño, salió de la humedad materna con 650 gramos; y no pudo resistir la aventura de explorador avanzado sino en una incubadora de cuidados intensivos. Su hermano Leonardo, que había quedado solo en el mar fecundo donde se formaron, alcanzó un peso mayor: 1,5 kg. Pero debió sortear con increíbles mecanismos de adaptación que cortaran el cordón umbilical de su hermano y le suministraran una carga medicamentosa fuerte a la madre, para seguir la travesía.

Los gemelos, concebidos a la misma vez o no, pueden demorarse en arribar horas entre uno y otro, a veces días, pero 30 jornadas de distancia era casi un salto con pértiga hacia el futuro de los nacimientos. Por lo general, ante situaciones similares con partos múltiples, la racionalidad dicta salvar al más fuerte de los nuevos seres. Sin embargo, con los pequeños de Nadia Rizzi la inteligencia y sensibilidad de los galenos apostaron por traerlos a ambos.

¿De qué sustancia se habrá alimentado el coraje de la madre al saber que podía írsele en un relámpago la existencia de sus retoños? ¿Cuántas conjunciones biológicas habrán tenido que darse para que los diminutos organismos sobrevivieran? ¿Dónde convergerían la ciencia y la fe, lo místico y lo racional en lances de tan extraordinario peligro?

Puesto que desnudos nacemos y desnudos nos vamos, diría el poeta, debía haber acaso una desnudez intermedia. Tal vez una inocencia fértil para asumir todos los deslumbramientos, y seguir creando, creciendo, amando.

Quién sabe si Leonardo y Gregorio, hechos hombres de bien mañana, en un planeta más caótico, den su sangre para limpiar desechos radiactivos, o asistan iluminados —con herramientas médicas que hoy ni soñamos— un parto glorioso, donde comience otra vez el asombro del universo.

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