Cosas de papá

Autor:

Juan Morales Agüero

En materia de práctica deportiva es difícil encontrar a un padre que no blasone de ser un promotor de talentos si las aptitudes valoradas guardan relación con las de su propio hijo. «A mi chama sí que le gustan los deportes y es un vola’o en todos», suelen decir.

Si se conversa sobre atletismo, papá jura que su muchacho nació para el campo y la pista, «porque tiene una velocidad de vértigo y un poder de salto descomunal». Eso aunque en el barrio conozcan que el fiñe es más lento que una tortuga y más pesado que un edificio.

Cuando es el béisbol el tema de debate, entonces el viejo no se cansa de repetirle a su auditorio que su vástago tiene madera para llegar a la pelota grande, porque —siempre según él— sabe correr, batear, tirar y fildear como si fuera un Víctor Mesa en miniatura.

Desde luego, casi siempre el apasionado papito olvida recordar que su pelotero precoz alinea en la novena por ser el propietario de tres guantes y la mascota del receptor, sin los cuales se vendría abajo el piquete que cada domingo se organiza en el placer de la esquina.

Con frecuencia ocurre que es el propio chico quien no muestra entusiasmo por la pista o por el diamante. Pero el viejo insiste tanto que el muchacho, más por complacerlo que por complacencia, decide acudir a regañadientes a la instalación, como quien se resigna a una tarea para la que no se siente con los atributos necesarios.

En el juego de pelota dominical, el asunto puede convertirse en espectáculo tragicómico si al humilde árbitro se le ocurre la «monstruosidad» de cantarle el tercer «estrai» al hijo de papá, aunque la trayectoria del lanzamiento haya partido en dos el home play.

Ese es el instante en que «el puro» se lanza al terreno, exasperado, vociferante, a gritarle al pobre umpire: «¡Un cuchillero es lo que tú eres, chico! ¿Cómo va a ser strike ese bolón tan alto? ¡Ponte espejuelos o deja esta pincha, c…! ¡Y con mi fiñe no la cojas…!».

Hay más: frente al televisor, en plena temporada beisbolera, la escena puede inspirar un guión humorístico. Mientras «el viejo» gesticula frente a la pantalla, clamando justicia para un corredor enfriado sobre la goma y recordándole al oficial actuante cierta rama de su árbol genealógico, su muchacho descabeza un sueñecito en un sillón, sin importarle un bledo lo que ocurre en el diamante.

En fin, esta faceta paterna relacionada con la praxis deportiva puede ser ensalzada o rechazada por su descendencia en la medida en que les simpatice o no. Aquí no hay imposiciones ni exageraciones. Si el papá insiste en querer pasar gato por liebre, se expone e escuchar en público una frase como la que le espetó cierto niño a su padre, empeñado en aupar sus virtudes atléticas claramente imaginarias:

—Oye, papi, afloja, que estás apretando, viejo.

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