Se me ha puesto viejo mi viejo

Autor:

Zenia Regalado

Como árbol añoso apoyado sobre su bastón anda mi padre por la casa y el barrio. Tropieza con los objetos, sus manos están temblorosas y necesita ayuda para orientarse en la oscuridad.

Pero aún a sus 83 años batalla por ayudar a su hija y su esposa, pues se niega a dejar de ser el hombre de la casa.

Doy gracias por tenerle allí, acodado en el balcón, preguntándome detalles sobre mi día a día, ocupándose de recordarme todo lo que no debo olvidar y reprochándome con su voz ya gastada por el paso de los años: «¿por qué te ha cogido tan tarde para bañarte?».

Y me alegro de tenerle porque los recuerdos me lo devuelven esperándome a la salida de la secundaria en el último turno de clases, para llevarme a casa en bicicleta.

O detrás del fogón si llegaba primero que mi madre, en tiempos en los cuales ni se hablaba de la equidad de género ni de la necesidad de aliviar la carga doméstica de las mujeres en una cultura patriarcal por excelencia.

Quizá estuvo entre los primeros en practicar lo que hoy se llama paternidad consciente. Lo veo sentado en las reuniones de padres en la escuela, cuando la mayoría eran madres; arreglándose los espejuelos en el momento en que los maestros le decían que su hija no tenía problemas docentes.

Tengo tantas cosas que agradecerle a este anciano delgado y quisquilloso. A veces parece un niño celoso por alguna prioridad que le doy a mi hija.

Quizá estas líneas me ayuden a zafar el nudo que se me hace en la garganta las veces que he intentado decirle lo feliz que me hace verlo junto a mí, siempre laborioso y batallador.

He tenido un buen padre, por eso nunca me ha gustado cierto refrán popular que afirma: «madre hay una sola; padres hay muchos».

Jamás lo vi llegar ebrio a la casa y nunca faltó en nuestra mesa el necesario plato de comida. En los años 70 sembraba cebollas y se iba en tren a Alonso de Rojas a cambiarlas por arroz.

Me ha dado poco quehacer a pesar de su edad, pues se ha mantenido con buena salud. No le he pagado, ni podré, todos sus sacrificios, ni la manera tan íntegra con la que asumió esa palabra tan rotundamente grande, Padre.

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