Juntos en la historia

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Como lo ha contado Chávez con esa, su espontaneidad proverbial y la naturalidad del auténtico llanero, los imaginábamos durante estos días de su prolongada estancia entre nosotros —siempre bienvenida. Fidel, pendiente de él desde que le notó aquellas raras molestias y, al decir del propio Chávez, inquiriendo hasta la saciedad con la solicitud de un padre preocupado por su hijo.

Se convertía ahora en su «médico de la familia» como, no menos atento a la evolución de su salud, observara, jocoso, Raúl, graficando de ese modo tan cubano las advertencias y los consejos que a diario seguro profesa el Comandante en Jefe al Presidente venezolano.

Escuchándole en la Mesa Redonda narrar los desvelos y la asidua atención del Comandante, una no puede menos que recordar las visitas casi familiares de Chávez al líder cubano durante las semanas tensas de su enfermedad; allí, sentado, o de pie junto a su cama, preguntando, si no como otro médico, como alguien que seguro habría querido serlo para restablecerle al momento.

De tal suerte, ahora lo adverso de un padecimiento detectado y atendido de inmediato gracias a esa mirada escrutadora de Fidel que enseguida advirtió el malestar del visitante, que convocó a los médicos y «tomó el mando», habría servido también para dar a ambos la oportunidad de encontrarse, esta vez sin prisas ni agendas, en quién sabe cuántas oportunidades; repasar, quizá, los asuntos más importantes de la vida internacional o, sencillamente, departir, con el desenfado y la sinceridad de dos hombres entre los que se percibe profunda admiración, respeto, y amistad, cual nos invita a ver la imaginación.

Tal vez nunca se haya registrado una relación tan auténticamente afectiva entre dos líderes latinoamericanos de su talla que el devenir ha ubicado ahora, justamente, en esta Isla.

Nosotros, en principio conmocionados, orgullosos después de que podamos poner un grano de arena en el restablecimiento de un dirigente indispensable para este hemisferio, somos testigos excepcionales, tal vez sin saberlo, de una relación sin paralelo en la historia.

Viéndoles en las fotos y los videos amenamente conversando, provistos de los cómodos atuendos deportivos que tan bien les sientan, una adivina que un nexo superior se erige sobre la relación protocolaria y oficial de dos personalidades de su rango.

Un sentimiento que tampoco nos resulta desconocido experimentamos los cubanos viendo y escuchando al hermano pueblo venezolano que, con renovados bríos, le pide a Chávez que se atienda mientras lucha, trabaja, y le espera, en medio de las nuevas y optimistas noticias proporcionadas por él mismo, que dan cuenta de su confianza en la recuperación.

Tampoco algún cubano que haya pasado una temporada en Venezuela dejaría de vibrar con los reiterados saludos del Jefe de Estado, siempre con ese tono desalmidonado y bromista, al Comandante en Jefe, cercano a él más allá del mar: «—Y allá en Cuba nos está viendo Fidel… ¿Fidel, how are you?»

Sus fraternales encuentros beisboleros al frente de equipos comandados no por el afán de competir, sino por el cariño; el cumpleaños de Fidel en Canaima; la certeza primigenia de ambos de que era posible echar a andar el ALBA, dan cuenta de una empatía visible.

Quizá esa familiaridad en el gesto, ese afecto que se advierte, no resulten únicamente de la similitud de principios y sueños que los unen y sea además otro signo de una región que se renueva hasta en la manera de tratarse sus líderes: una América Latina que se sacude de las oligarquías y su hipocresía, que se refunda con la mirada puesta en el hombre y que, por eso, tanto conmueve a quienes apostamos a un continente como el que ellos forjan, regido por los signos de Martí y del Libertador.

Así pasarán a la historia.

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