Los ideales no entienden de contrariedades

Autor:

Juana Carrasco Martín

CARACAS.— El inicio del retorno desbordó el alma bolivariana. La alegría tomó las calles de Caracas y de toda Venezuela desde bien temprano del lunes, a medida que se iba conociendo que su Presidente volvió, porque era el retorno de la esperanza y la luz de un pueblo. Desbordaron las plazas Bolívar y se aprestaron a dirigirse a las inmediaciones del Palacio de Miraflores tan pronto fueron convocados al Balcón del Pueblo para las cinco de la tarde. Fue entonces el paroxismo total, la mayor manifestación de amor entre un pueblo y su líder.

La espera era de canto, de consignas coreadas desde el corazón, de abrazos compartidos entre viejos amigos y camaradas y entre quienes simplemente ocupaban el pequeño espacio de al lado, luego de que tomaran por asalto la explanada y el anfiteatro, buscando cómo ver mejor a su Comandante, que ya les había saludado cuando llegó a un Miraflores rodeado de pueblo.

«¡Creyeron, creyeron que él no venía, pero en la madrugada llegó Hugo Chávez Frías!» Decían rítmicamente y lo alternaban con un «¡Gracias Fidel, por cuidar de él!» Lo entonaban la joven embarazada que traerá su niña a este mundo de optimismo y justicia apenas dentro de un mes, y la abuela tierna que lanzó tantos besos apenas salió él al Balcón, enfundado en uniforme verde olivo y boina roja.

Y el coro se hizo gigante cuando enarboló la bandera que besó emocionado y encabezó, como siempre, a las miles de voces entonando con su voz firme y armónica «¡Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó…!» Como él mismo dijo, era un corazón conteniendo millones de corazones y un alma que tiene millones de almas, y todas latían al unísono, conscientes de que la energía positiva de Venezuela, Latinoamérica y el mundo está en consonancia para acompañarlo en la nueva batalla.

Atrás ha quedado la angustia, se fue junto con el zapato que perdió la chilena en medio del tumulto de cariño y reía con los venezolanos, y los cubanos, y los colombianos, y otros de este continente que también ocupaban su lugar en una celebración continental, porque ahora solo quedaba demasiado amor, tanto que alcanza para enfrentar la naturaleza y llevarla por el camino de la mucha, larga y sana vida. Era la presencia nuestramericana.

Y es que se le necesita para seguir construyendo una integración y una unidad que lleve hasta la Patria Grande, se le reclama para convertir sueños en realidad tangible y de justicia, porque es de los imprescindibles en la batalla antiimperialista, y tiene que viajar —más aun, liderar— en la espiral de la historia nueva que conduce a un cambio de época, hasta llegar a la hora de los pueblos.

Todas estas reflexiones eran voces de hombres, mujeres, jóvenes o ancianos, y que sencillamente aquel pequeñín que cargaba su mamá gritaba en un simple «¡Te quiero Comandante, pa’lante!» Y la madre se enjugó una única lágrima que dijo —y sabemos que es así— era de felicidad.

Venezuela ha desatado amarras a 200 años, navega por el Orinoco, por el Caribe, por el Atlántico y por el Pacífico, es como la bíblica Arca de Noé, va uniendo y salvando pueblos, y tiene a un capitán valiente, un timonel preciso.

Y mientras escuchaba a unos y a otros expresar tanta emoción, tanto sentimiento y pasión, un orgullo patrio multiplicado por esta conjunción de tiempos, quería recordar con exactitud aquel escrito de Martí dedicado precisamente a la Venezuela que le abrió puertas, corazones y conocimiento de lo que ocurría y estaba por ocurrir del Bravo a la Patagonia.

Bastaba con hurgar en los libros para encontrar la aseveración martiana, y en estos tiempos de twitter y otros buzones de mensajes en la web, Martí le hubiera escrito: «los ideales enérgicos y las consagraciones fervientes no se merman en un ánimo sincero por las contrariedades de la vida».

Y seguramente el Maestro obtendría una respuesta precisa en chávezcandanga: «De América soy hijo: a ella me debo. Y de la América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro; esta es la cuna (…) Deme Venezuela en qué servirle: ella tiene en mí un hijo».

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.